El teléfono celular de Daniel sonó, el ruido vibratorio lo sacó de sus pensamientos. Atendió la llamada y escuchó la voz de Luigi que dijo:
–Buen día Daniel, estoy en el parqueo del hotel, ¿bajas?
–Sí, ahora mismo –respondió.
Se acercó a la mesita de noche al lado izquierdo de la cama y cogió los Ray Ban que se encontraban sobre ella. En su reemplazo dejó el teléfono celular que cuidadosamente había apagado. Se dirigió a la puerta, salió al elegante pasadizo, subió al ascensor que se encontraba justo en su piso, marcó la “L”, las pulidas puertas de metal se cerraron. Se miró en el espejo y notó una pequeña mota roja sobre el nítido color blanco de su polo, retiró la pequeña molestia en el momento que se detenía el ascensor. Salió del mismo, caminó hacia su izquierda pasando por delante del mostrador y se dirigió a la suntuosa puerta de vidrio con marcos dorados del hotel.
La inconfundible voz de Luigi sonó al verlo y dijo:
–Daniel, por acá por favor.
Daniel se acercó a la camioneta, abrió la puerta y subió al asiento del copiloto. Saludó con un fuerte apretón de manos y dijo:
–Buen día, Luigi, hermosa mañana, ¿verdad?
–Sí, siento una vibra especial esta mañana, como que algo muy importante va a suceder.
–¿En serio? Yo siento lo mismo, es como una alegría que no sé cómo explicar, esas alegrías sin razón aparente que se presentan de vez en cuando.
Luigi lo miró, sonrió, puso en marcha el motor de la camioneta al tiempo que decía:
–Sí, eso es, una alegría que no se puede explicar.
Tomaron la ruta al sur y dijo:
–Iremos a Caguas, allá vive el maestro.
En silencio los dos jóvenes continuaron el camino hacia la 52 Interstate. Ni los avisos publicitarios o el ruido del tráfico, ni los cúmulos de casas y construcciones que había en el camino distrajeron la atención de Daniel. Con la mirada perdida en el horizonte sus pensamientos retornaron a la antigua Mesopotamia, apenas en los comienzos de la historia de la humanidad civilizada.
Se vio a sí mismo en el barco fenicio atravesando las aguas del Mar Mediterráneo hasta llegar a la isla de Chipre, conocida en esa época como Alashiya.
Un hombre altísimo, como de dos metros y diez centímetros, salió al encuentro del enorme barco. Era muy delgado y con una túnica de color marrón que le llegaba hasta los pies, que los tenía correctamente calzados con unas sandalias de cuero. El hombre daba la apariencia de un árbol andante.
–¡Oshi Adad! –gritó el hombre alto. El niño escuchó su nombre al tiempo que el gigante Munnakis sacudía levemente su brazo para despertarlo.
–Alguien grita tu nombre –escuchó decir a la voz de trueno–. Debe ser uno de los sacerdotes del Templo, vamos, levántate.
El pequeño niño y el gigante generaban una impresión extraña en las personas que los veían caminar juntos. Con las pocas cosas que portaban ambos, el gigante y el pequeño bajaron del barco.
–Genda, OSHI ADAD, undama, am Mari, took ashtari Inanna, tog aktag Munnakis.
(Maestro, este es Oshi Adad, enviado desde Mari, dedicado a la Diosa Inanna y yo soy Munnakis).
–Tagamani, togaktag Guntaakis. Oshi Adad, mensee togak (Bienvenidos, mi nombre es Guntaakis. Oshi Adad, ven conmigo).
–Munnakis, fog unda Magda Temastis, tek any kermigka.
(Munnakis, tú busca el Monasterio Temastis, allí te alimentarán)
El Genda tomó al niño del brazo y lo condujo hacia el Templo de Alashiya, construido a orillas de un barranco en el lado este de la isla, lugar en el cual los sacerdotes del Templo dieron inicio a su formación.
El fuerte ruido del claxon de un auto que venía en sentido contrario a la 4 x 4 sacó a Daniel de sus memorias.
–Luigi, he tenido recuerdos de mi vida pasada una vez más, me sucede con más frecuencia que antes –dijo Daniel mientras Luigi escuchaba en silencio las expresiones de su compañero de viaje.
–He recordado el día en que llegué a la Isla de Alashiya –continuó explicando Daniel.
–¿Alashiya? –preguntó Luigi–. ¿Dónde queda eso?
–He investigado un poco por medio de un amigo historiador y catedrático en la Universidad de Jerusalén y me ha dicho que Alashiya es el antiguo nombre de la isla de Chipre, que por el año 4000 antes de Cristo se encontraba habitada por los fenicios, quienes construyeron muchos templos y desarrollaron una filosofía propia, la cual dio origen a todas las religiones que ahora existen. Trabajaron con el cobre como metal, al cual dieron múltiples usos: el principal de ellos fue la fabricación de hojas que utilizaron para registrar su propia historia. Ellos tenían escritura cuneiforme al principio, pero conservaron en secreto una escritura fonética.
–Qué interesante –dijo Luigi.
–Ahora mis recuerdos tienen más sentido –siguió Daniel–. Antes de las sesiones de hipnosis eran como chispazos, podía recordar lugares, nombres, veía imágenes y rostros, pero ahora recuerdo situaciones perfectamente, sé que las he vivido, puedo recordar un idioma que para mí es completamente desconocido, no sé cómo explicarlo, Luigi, lo único que puedo decirte es que no estoy loco. Ahora sé que hay otras personas que tienen el mismo problema que yo, y no son pocas. Dice la doctora Ross que la comunidad de “retornados” es cada día más grande.
–Vamos a ver qué dice mi maestro. Pero anoche pasó algo, ¿verdad? –quiso saber Luigi.
–Sí –confirmó Daniel– el Maestro me dijo un nombre que yo soy el único que podría saberlo, me llamó OSHI ADAD, y es el nombre de este niño que viene en mis recuerdos y que se va acentuando cada día con más claridad.
–El Maestro es una persona muy especial, sabe mucho más de lo que puedes imaginar y ve las vidas por adelantado; a mí me ha dicho muchas cosas que se han ido cumpliendo. Lo que me llama la atención es que te invitara a su casa, en ese sentido es muy celoso y poca gente va al lugar en donde él vive –se extrañó Luigi.
–¿Sí? Bueno, veremos qué nos dice y sobre todo si me puede ayudar a solucionar el problema por el cual he viajado hasta esta Isla –expresó Daniel.
–Él tiene las respuestas para muchas preguntas, pero todo lo demás lo tendrás que saber por ti mismo –afirmó Luigi, dando a sus palabras un tono de misterio.
Una vez más el claxon de un auto los sacó de la conversación y Luigi hizo una seña de disgusto.
–Falta poco –afirmó–. Un par de kilómetros y llegamos.
Bajó la velocidad y dio vuelta a la derecha en una carretera que semejaba una pista de aeropuerto, al final de la cual se veía una enorme casa blanca con tejado rojo, una casa solitaria en medio de un terreno lleno de flores y de árboles ordenados en fila india pero que formaban un paisaje sin igual en comparación a todo lo que había quedado en el camino.
–Ya llegamos –dijo Luigi.
–Qué hermoso paisaje y qué bella casa –comentó Daniel, mirando a su alrededor y disfrutando de la magia del lugar.
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