27 de abril de 2015

CAPITULO 4

CAPITULO 4

Doctora Ross, he tenido otra de esas experiencias, pero esta vez ha sido completamente diferente a todas las anteriores –relataba Daniel en su segunda sesión con la terapeuta.
     –Será mejor que vayamos al diván antes de continuar con tu relato –dijo la doctora invitando al joven con una señal dirigida al oscuro mueble de cuero y usando un tono tranquilizador en su voz.
     Ya echado en el mueble y un tanto más cómodo y tranquilo Daniel continuó:
     –El recuerdo fue muy claro, doctora  –afirmó–. Yo era un niño de 8 años vestido con ropas extrañas, vi a una mujer de cabellos negros que aparecían a los lados de una especie de pañuelo blanco, la he visto con una capa negra que cubría todo su cuerpo, subida sobre una enorme piedra negra que se encontraba en medio de un páramo en un lugar lejano, deshabitado completamente.
     –Doctora, ¿estaré perdiendo la razón? –preguntó Daniel, evidentemente confundido por todo aquello que sucedía en su mundo interno.
     Sin prestar atención a la pregunta la doctora Ross indagó:
     –¿Qué más recordaste, Daniel?
     –He visto a una mujer y no sé porqué ni cómo, sé que era semita amorrita, sé que se trataba de mi madre, la he visto adorando, y he escuchado su voz con un cántico extraño que decía: “HA SHEN SARA VIT THZE. HA SHEN SARA VIT THZE”. Y luego como un ruego decía:
                 HUM TARE HUM, NINHURSAG, IU AN SHUBAD DADBA, LU EG ENSI OSHI ADAD, OSHI BARU, TA GAR ISHTAR INANNA, KAE, HUM TARE HUM”.
          –¿Sabes de qué idioma se trata, Daniel?
     –Estoy seguro que se trata de un dialecto amorrita-sumerio.
     –¿Sabes en qué lugar se ubican tus recuerdos?
     –No, no lo sé –respondió Daniel, pensativo, bajando levemente la cabeza.
     –Bueno, no me relates más, vamos a trabajar tu relajación, estamos en un buen camino Daniel, todo estará muy claro para ti pronto –afirmó la doctora Ross al tiempo que acomodaba su silla para que el paciente pueda escuchar su voz sin poderla ver directamente.
     –Concentra tu atención en los músculos de la cabeza, siente tu cabeza, concéntrate y ordena relajación, relaja, respira profundamente y relaja –se escuchaba la voz, en tono de mandato pero al mismo tiempo suave de la mujer.
     El silencio del ambiente apenas se rompía por una tenue música que inducía a Daniel a ingresar en un estado muy cómodo. Continuó el proceso de relajación hasta que llegó a los músculos de los pies.
     –Imagina una franja ancha y de color amarillo pintada sobre el asfalto de una larga carretera. Imagina que es la línea de tu vida. Dime ¿cuántos años tienes actualmente?
     –Treinta y tres –se escuchó la voz de Daniel suave y lejana.
     –Muy bien. Imagínate parado sobre el número 33 claramente pintado sobre la franja amarilla, da un paso hacia el número 32, continúa: 31… 30… 29… 28… 27… 26… 25. Muy bien, detente un momento, tienes 25 años, dime el primer recuerdo que venga a tu mente a los 25 años. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás? ¿Cómo estás vestido? ¿Qué estás haciendo? –dirigía la doctora con voz suave y firme.
     –Estoy en la Universidad de Tel Aviv, el día de mi graduación, bajando las escaleras del auditorio junto a 18 compañeros de estudios, todos estamos vestidos con toga y birrete negro con borla dorada. Veo el estandarte blanco y celeste, un atril al costado izquierdo del escenario, una larga mesa en donde se encuentran sentados el Rector, el Decano de la Facultad de Administración, el Presidente de la Asociación de Administración de Negocios de Israel, el Director del Programa de Business Administration  –agregó. Luego dijo:
     –Veo a Yeira, una chica que me gusta mucho, sonríe y sus ojos brillan emocionados, mi padre y madre están con ella y veo a  mi hermana Liora, quien está filmando y tomando fotos del evento.
     –Muy bien –sonó la voz de la doctora–; imagina que das un paso más,…24,…23,…22,…21,…20.
     –Dime –continuó la doctora– ¿cuál es el primer recuerdo que viene a tu mente a los 20 años? ¿Dónde estás? ¿Con quién estás? ¿Cómo estás vestido? ¿Qué  estás haciendo?
     –Estoy en los jardines exteriores de la universidad, echado en el césped, bajo la sombra de una palmera. Veo a los estudiantes caminando, algunos suben y otros bajan las gradas a la entrada del edificio. Estoy vestido con  jean azul, una camisa marrón a cuadros y tenis también marrones. No hablo con nadie, sólo miro las plantas, las palmeras y a la gente – respondió el joven. Su voz sonaba como relajada y lejana.
     –Muy bien, continúa así, unos pasos más: 19…18…17…16…15.
          La sesión continuó de esa manera hasta que llegó al día cero de su nacimiento.
     –Una puerta se abre, puedes verla con claridad, atraviesa la puerta sin temor, estas protegido, seguro, ingresa por esa puerta, ingresa…–se escuchó la voz calma pero decidida de la doctora Ross.
     Daniel pudo ver en su mente una luz blanca, brillante y resplandeciente que penetró sus ojos, en todo su cuerpo sintió la intensidad de la experiencia.
     Esa noche no sucedió nada más, el joven de la barba negra ingresó en un profundo sueño que la doctora no interrumpió. Sin embargo la profesional continuó dando instrucciones con la clara intención de que queden grabadas en el inconsciente del paciente.
     Cuarenta y cinco minutos más tarde se oyó a la doctora Ross diciendo:

     –Muy bien, un paso más…29…30…31…32…33, te encuentras nuevamente en el aquí y en el ahora.


     –Atento, despierto. Despierto, atento. Despacio, abre y cierra tus manos, siente tu cuerpo, conéctate con él nuevamente. Muy bien, así, muy bien, así, así…

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