CAPITULO 21
La comodidad de meditar en un lugar diseñado especialmente para ello era insuperable, el silencio, los aromas, la energía, todo colaboraba para una meditación profunda.
Katherine y Daniel se encontraban en perfecta posición de loto, las piernas cruzadas y los pies sobre los muslos, ambos jóvenes sentados sobre cómodos cojines de terciopelo con filos dorados. Otros meditadores los acompañaban, en perfecto silencio, distribuidos en la gran sala.
Daniel se sorprendía cada vez más de las ideas y conocimientos de la mujer joven, Katherine.
-Oshi-Adad –escuchó Daniel el llamado del maestro, abrió sus ojos y vio que Lin Chin Pen hacía una señal para que se acerque hacia él. Se puso de pie lenta y suavemente y se sentó en el cojín que el anciano señalaba.
–Si respondes a mis preguntas responderé a las tuyas –dijo el viejo hombre. Daniel movió la cabeza en señal de aceptación y el maestro continuó:
–¿Quién? –preguntó el anciano.
Daniel sintió una extraña fuerza en su interior, un largo silencio se hizo en el ambiente luego del cual respondió:
–El Buddha que hay en mí.
–¿Cuándo? –continuó el hombre viejo, que esta vez llevaba una larga túnica de color blanco que cubría sus pies cruzados en loto.
El silencio se hizo más largo, finalmente Daniel dijo:
–Una vez, cuando mi corazón se llenó de paz y de luz.
–¿Dónde? –indagó el maestro.
–En Mari, en el Templo de HUM-TARE-HUM y NINHURSAG, hace cien vidas atrás.
–¿A qué? –continuó preguntando el anciano.
–En busca de conocimiento del propósito de mi vida presente y de todas las vidas que he pasado –contestó el joven de la barba negra.
–¿Cómo? –quiso saber el hombre de años.
–Manteniendo la esperanza y un corazón saturado de humildad –dijo Daniel.
–¿Por qué? –siguió Lin Chin Pen
–Por la eterna felicidad, la unión y la iluminación de todos los seres –dio por respuesta Daniel y guardó silencio.
Ambos personajes se veían como iluminados por una extraña luz. Los demás en la sala continuaron sus prácticas de meditación, sólo la joven Katherine se había atrevido a abrir sus ojos.
Entonces el viejo Lin Chin Pen acercó su medallón y lo puso en el pecho de Daniel y luego en medio de la frente del joven, cuyo cuerpo temblaba aún por la extraña experiencia vivida.
–Ahora sé que estás preparado, mi pequeño Oshi Adad. Dime, ¿cuál es tu pregunta? –se escuchó la voz del anciano, suave, firme, amorosa.
–Ya no tengo preguntas, señor – Daniel con lágrimas en sus ojos miró directamente al anciano y continuó – Ya vi lo que tenía que ver y entendí todo lo que tenía que entender.
–¿Por qué lloras? –preguntó el maestro.
–Por el dolor de los miles que ignoran el amor de Dios y sufren la maldad de muchos –se escuchó la voz de Daniel.
–Mi pequeño Sadhu, ve y predica el amor verdadero, ayuda a quien tengas que ayudar, da a quien tengas que dar y recibe de quien tengas que recibir. No te alejes de la Sabiduría y del Conocimiento que hay un Hacedor. Ama a todos los que son conscientes y a todos los que no lo son y bendícelos con el Don que hay en ti. Aléjate de los placeres de este mundo.
Para Daniel la entrevista había terminado, se puso de pie y salió de la gran sala. La mujer se quedó sentada sobre el fresco cojín de terciopelo y filos dorados. Algo en ambos jóvenes había cambiado.
Lin Chin Pen acarició ligeramente su mentón y miró los grades ojos de Katherine en los cuales cúmulos de lágrimas aparecieron de repente.
El anciano se puso de pie, se acercó a ella y haciendo una pequeña señal la invitó a acompañarlo, Katherine se acercó al maestro y juntos salieron hacia un jardín interior en medio del cual había una bella fuente de agua, esculpida en mármol blanco la figura de un dragón, de sus fauces en lugar de fuego salían dos chorros de agua que al caer sobre la fuente producían un ruido armónico. casi hipnótico.
- Eres una buena practicante de Yoga—afirmó el anciano— me gustaría, si te interesa, que seas una de las profesoras en el Instituto Chi Sei—le dijo
El cúmulo de lágrimas terminaron de salir de los ojos de la joven, considerando que no podía hacer mucho ruido por respeto a los otros meditadores que aun se encontraban en el salón, dio unos saltos escondiendo su gran emoción y colgándose del cuello del maestro le dio varios besos en las mejillas y tomó ambas manos del anciano y dijo:
- Gracias, maestro, gracias, nunca espere este premio—lo dijo en español con notorio acento americano.
- Katherine —habló el hombre de años— Daniel tiene una misión que va más allá de lo que tu o yo podamos hacer. El joven Oshi Adad deberá cumplir con propósitos que tiene reservados desde hace miles de años.
- En el curso de nuestras vidas, muchas veces nos vemos en la necesidad de abrir nuestros corazones y dejar salir a personas que amamos como si se tratara de aves que han estado enjauladas y nos cuesta dejarlos volar—filosofó en hombre anciano.
- Maestro, entiendo todo lo que está pasando en la vida de Daniel, desde hoy y hacia atrás, cada una de sus vidas enlazadas por una única misión, la de ayudar a la gente de este mundo — respondió la bella mujer— sin embargo debo admitir que me da mucha tristeza saber que ya no lo podré ver, pero estoy segura que escucharemos mucho de él y muy pronto — concluyó Katherine.
- La verdadera libertad consiste en no hacer daño a los demás y menos a uno mismo, este principio básico ha sido olvidado por el mundo y es necesario que se enseñe nuevamente — dijo el maestro con un volumen de voz bajo y modulado, algo solemne — no hacerse daño así mismo es una gran responsabilidad, esto incluye, no carne, no tabaco, no drogas, no licor, no alimentos tóxicos, no abusos de ninguna naturaleza — enmarcó el maestro.
- La verdadera libertad consiste en amar y ser amados, dar y recibir, considerar y ser considerados, respetar y ser respetados, admirar y ser admirados—dijo a modo de conclusión el hombre de muchos años.
- Daniel, Oshi Adad, se convertirá en un Sadhu, de esa manera terminará su preparación sobre esta tierra. Falta muy poco para que el joven Oshi pueda recordar todo — afirmó el maestro, y tomando la mano de la joven le indicó el camino de retorno al gran salón.
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