27 de abril de 2015

CAPITULO 2

CAPITULO 2

     Daniel Brown era un joven ejecutivo y exitoso vendedor de diamantes, nacido en San Diego, California, de padre alemán y madre israelí, criado desde muy niño en Tel Aviv.
     De ninguna manera se podría decir que era un ser humano común, en primer lugar porque a sus 33 años era multimillonario, pero lo más importante en él no eran las cosas evidentes, sino aquellas que sucedían sólo en su mente y que nadie podía ver, ni comprender.
     Había viajado a San Juan de Puerto Rico como última esperanza para encontrar a la doctora Elba Ross. Sin embargo, como muchas veces sucedía en su vida, los negocios lo persiguieron hasta la Isla.
     Hospedado en la suite presidencial del Hampton Inn & Suites de San Juan, Puerto Rico, Daniel verificó la transferencia a su cuenta bancaria de US$ 769,400, una cantidad pequeña en comparación con negocios anteriores,  entregó los 18 certificados G.I.A., incluyendo el clarity correspondiente por cada uno de los diamantes que acababa de vender. Con voz suave pero firme preguntó:
     –¿Todo conforme?
     Sin mediar palabras la joven pareja de nacionalidad alemana recibió el elegante maletín que contenía el producto de la negociación. Se despidieron con ademanes muy distinguidos y salieron de la habitación.
     Daniel Brown, solo en la suite, verificó nuevamente su cuenta, y luego cerró la pequeña laptop, caminó pensativo un par de minutos y decidió salir de la habitación. Con paso firme pero al mismo tiempo sin apuro, caminó por el lujoso pasillo.
     Esa sensación de ansiedad que lo acompañaba siempre apareció repentinamente en su pecho, se acercó al ascensor y presionó el botón, esperó unos cuantos segundos para que este se abriera, ingresó en la caja metálica y marcó “L”. Automáticamente las hojas de acero inoxidable se cerraron y el aparato descendió. No le dio tiempo de mirarse siquiera al espejo y nuevamente las puertas se abrieron. Salió del ascensor y atravesó el lobby con la mirada perdida.
     El sol de una mañana espléndida hirió sus pupilas y buscó sus Ray Ban. El joven de porte elegante atravesó el área de descanso llena de turistas que disfrutaban del sol y la piscina. Con la mirada aún perdida ni siquiera notó a un grupo de mujeres hermosas en pequeñas ropas de baño que lo observaban.
     Llamaba la atención el terno crema, casi blanco, camisa oscura con líneas claras que marcaba su atlética complexión, los botones abiertos dejaban entre ver un tórax muy bien trabajado por largas horas de gimnasio.
     El hombre de negocios llegó a la puerta posterior del hotel, la brisa del mar lo despertó, fijó la vista en un sol radiante y calculó fácilmente que serían las 10 de la mañana. Se inclinó y como un autómata se sacó los zapatos de marca italiana, sacó las medias, remangó el pantalón, una, dos vueltas y se dispuso a caminar por las tibias arenas de la playa.
     Las  cosas  que  pasaban  por   su   mente   no   eran nuevas, las había sufrido desde muy niño, sentía como si dentro de él existieran dos, tres o más personas, inclusive podía recordar imágenes de lugares a los cuales con toda seguridad jamás había ido ni visto.
     Se sorprendió asimismo al sentir algo de nostalgia por las playas de Israel. Había dejado temporalmente su cómodo departamento de Ramat Gan en el vistoso distrito de Tel Aviv para ir a San Juan de Puerto Rico. Su misión principal era solucionar o por lo menos llegar a entender ese fenómeno que se había convertido en un tormento. Por todo lo demás no tenía ningún problema, sobre todo en los negocios. La buena fortuna lo había perseguido durante sus, para él, largos 33 años.
     Con el par de zapatos en la mano izquierda y los pantalones remangados, caminó sintiendo el placer que los gruesos granos de arena provocaban en sus pies descalzos.
     “Las 10 de la mañana, la cita con la doctora Elba es a las 6 de la tarde”, pensó mientras la brisa se tornaba cada vez más caliente. Sus pensamientos se interrumpieron bruscamente por el ruido de una lancha de estructura extraña que pasó a alta velocidad, cerca de la orilla, casi dando botes en las tranquilas aguas del mar de San Juan. Por segunda vez se sorprendió de que algo le pudiera llamar la atención: una línea de color azul, que contrastaba con el intenso color blanco, cruzaba los 30 pies de largo de la nave.
     Una plataforma que sobresalía en la popa y un mástil hidráulico pegado al punto medio del borde interno de la misma plataforma, causaron que su mirada se fije en el extraño aparato. Más impresionado quedó porque, jalada por una larga soga, una chica se elevaba  a  unos  50  pies de alto atada a un arnés y un paracaídas.
     A pesar de la altura se notaba la piel bronceada de la blanca turista que, junto al multicolor paracaídas, creaban una imagen impresionante en el azul del cielo y sobre las cristalinas aguas del mar que en ese momento se abrían al rápido paso de la lancha deportiva.
     “Qué locura”,  pensó, “pero creo que me podría atrever a probar un poco de mi propia adrenalina”, terminó diciéndose a sí mismo.
     El joven extranjero retornó sobre sus propios pasos y se dirigió a la puerta posterior del hotel. Antes de ingresar lavó sus pies en el agua de las duchas que se hallaban instaladas a un costado de la puerta. Con los zapatos aún en la mano izquierda, con su paso elegante, firme y lento, atravesó el costado de la piscina, pero esta vez miró al grupo de mujeres jóvenes que disfrutaban del agua y sonrió.
     –¡Hi!  –dijo, a la vez que levantaba la mano derecha en señal de saludo.
     Las cinco chicas levantaron la mano y en coro contestaron:
          –¡Hiiiii!
         El tono de las sensuales voces arrancó una sonrisa más profunda en el joven, quien llevó la mano derecha a acariciar la notoria barba negra que marcaba su rostro, el cual se tornó rojo por el rubor del momento y continuó su camino.
     Llegó al mostrador del lobby y conservando la sonrisa se dirigió a la bella joven que atendía.
     –Hi –dijo nuevamente, e inquirió–: ¿Sabe usted cómo puedo tener un ride en paracaídas?
     –Sí –respondió la joven mostrando una sonrisa mecánica y enseguida extendió la mano para tomar un folleto que se encontraba a un costado de la pantalla de la PC.
     –En este tríptico puede encontrar los precios y de acuerdo al tiempo que decida le extenderemos un ticket que será cargado a su cuenta del hotel –explicó.
     Daniel Brown recibió el folleto, lo hojeó y dijo:
     –20 minutos estaría bien para una primera vez.        
     –Muy bien,  señor Brown, aquí tiene su ticket,  cuando esté listo me lo hace saber y llamaré al joven que lo acompañará a la lancha.
     No se sorprendió de que la joven conozca su nombre, había recorrido tantos países y pasado noches infinitas en tantos lugares que  estaba familiarizado con el trato que le brindaba un buen hotel.
     En su expresión se mostraba agradecido y vía ascensor retornó a su habitación para prepararse con la ropa adecuada para la ocasión.
     Era notorio, por el dejo al hablar, que el joven que acompañó a Daniel a la lancha era nativo boricua. Además de un tatuaje en cada hombro, lucía en el izquierdo un pequeño “coquíe” (un pequeño sapo de la región) con una inscripción en la parte inferior que decía “Te amo PR” (Te amo Puerto Rico) y en el derecho un escudo minuciosamente trabajado. Un cordero en el centro, echado sobre un lirio rojo y sosteniendo una bandera atravesada por una cruz igualmente roja.
     –¿Qué significa ese cordero? –preguntó Daniel
     –Representa al Cordero de Dios, es decir a Jesucristo –respondió rápidamente el joven de piel oscura, tostada por el sol por largos días de verano trabajando en las playas de Isla Verde–. Los reyes de España escogieron este símbolo para recordar a San Juan Bautista, porque fue él quien dijo “he aquí al cordero de Dios que quita los pecados del mundo”
     Las palabras salían disparadas de la boca del joven como balas de una metralleta.
     –Cristóbal Colón le puso ese nombre a la Isla, San Juan Bautista,  las otras figuras son representaciones de don Fernando y doña Juana, los reyes de España al momento que se descubrió la isla. Este es el Blasón de Castilla –dijo señalando tres pequeñas torres que se podían apreciar con suma claridad en el tatuaje.
     –Y este es el Blasón de León –aclaró señalando la figura de un pequeño león levantado sobre dos patas y con las garras extendidas–. Y estos los blasones de Aragón y Sicilia, ésta el águila negra coronada de oro, con el pico y las garras rojas.
     –Este el blasón de Jerusalén, que representa un campo y una cruz dorada cuyos brazos terminan en forma de T, acompañada en cada uno de sus ángulos de una cruz pequeña –añadió con un aire de seguridad sobre lo que estaba hablando–. A ambos lados del escudo las letras F y la Y representan los emblemas de los reyes Fernando e Isabel. ¿Ve usted que llevan una corona sobre cada letra? –preguntó como asegurándose de que el turista no se perdiera la pequeña clase sobre el escudo de su país.
     –¿Qué figuras son estas? –preguntó Daniel Brown dando a entender que estaba atento a la lección y señalando ambos costados del escudo en la parte inferior del mismo.
     –Este es el Yugo y estas las Flechas, como señal de la unión matrimonial entre ambos reinados.  En la parte superior la corona y en la inferior dice «Johannes est nomene jus», es decir «Juan es su nombre» –explicó el joven de piel bronceada.
     –¡No molestes al señor, oye tú! –se escuchó una voz vieja pero fuerte desde la proa de la lancha–. Ayuda al señor a subir y ve a ver al resto de pasajeros que están esperando en el lobby del hotel –ordenó nuevamente la voz anciana.
     El joven boricua rápidamente jaló un cabo de soga; esto causó que la lancha se acercara a la orilla del muelle. Dio un salto sobre la plataforma de la nave y extendió un brazo en señal de ayuda, Daniel aceptó la ayuda y saltó también, sin palabras le señaló los asientos y bajó de la lancha.
     Apurado y temeroso por la orden del viejo capitán, corrió por todo lo largo del muelle pero al llegar a la arena se detuvo en seco como parado por una muralla invisible, miró hacia atrás, dejó ver una señal de fastidio sacudiendo la mano derecha y continuó caminando pacientemente por la playa.
     Transcurridos unos cuantos minutos apareció una joven mujer vestida con un chaleco de color amarillo y azul y una cortísima falda con los mismos colores, los botones abiertos del chaleco dejaban ver la ropa de baño amarilla que llevaba dentro, la pequeña falda estaba demás pues dejaba notar las perfectas y llamativas piernas así como la parte inferior de la ropa de baño.
     –Apúrate, Tony –habló dirigiéndose al joven de los tatuajes que venía detrás de ella con un grupo de turistas, cinco en total a quienes el boricua dictaba la misma clase sobre sus tatuajes.
     Subieron todos a bordo de la lancha. Antes de partir el viejo capitán dio una mirada a su derecha y después de secar el sudor de su frente hizo señas de “ven rápido” a un hombre de mediana edad vestido de ropas blancas tipo marino con tres galones dorados en cada hombro de la impecable camisa.
     El hombre de camisa blanca se acercó, saltó a la plataforma, saludó a todos y dijo:
     –Mi nombre es Luigi Galvani.
          Luego en perfecto inglés empezó a dar las explicaciones de lo que iba a suceder a continuación.      Habló en detalle sobre lo que tenía que hacer cada uno de los pasajeros al momento de subir a la plataforma de la impecable nave, les indicó cómo usar el arnés y cómo dirigir el paracaídas cuando cada pasajero se encuentre en el aire. Se explayó sobre las precauciones que deberían de tener, qué hacer y qué no hacer, en cinco minutos habían aprendido la teoría de cómo subir en el parachute.
     –¿Todo claro? –preguntó sin dudar de que la explicación dada era más que suficiente. Con un “yes” muy temeroso los seis turistas aceptaron. La joven de la minifalda con una carpeta en mano tomó lista de los habitantes de la lancha.
     El hombre viejo gritó:
          –¡Suelten amarras!
          El hombre del uniforme blanco desató las amarras  y el viejo capitán prendió el motor, esperó un par de minutos y arrancó despacio tornando el timón hidráulico a su izquierda.
     Otro par de minutos más y ya estaban en alta mar. Bajó la velocidad y casi detenido el bote Luigi preguntó quién sería el primer valiente.
     Daniel levantó el brazo y dijo:
          –I’m ready.
          Fue invitado a subir a la plataforma, sujetándose de la baranda de brillante acero, se colocó el arnés mientras el hombre del uniforme extendía un paracaídas multicolor en la parte posterior de la plataforma.
     Cuidadosamente Daniel se acercó a la orilla de la plataforma, mirando a proa se quedó parado mientras el experto marinero colocaba los seguros del paracaídas a la parte posterior y a los costados del arnés. Terminó poniendo un seguro al frente del arnés, el cual estaba conectado a una soga de color rojo y naranja que iba a un motor rebobinador que se encontraba fuertemente asegurado con gruesos pernos al piso de la nave.
     –¡Listo! –gritó Luigi, se vio el mástil hidráulico elevarse lentamente llevando consigo a la soga. El viejo capitán aceleraba lentamente la nave mientras el marinero, parado frente a Daniel, sujetaba fuertemente los belts que cruzaban el pecho del joven de barba negra.
     Se escuchó el motor intraborda que tomaba velocidad y al mismo tiempo el paracaídas empezó a inflarse como un globo, Daniel sintió el fuerte jalón de ambos lados, tanto del paracaídas como de los fuertes brazos del joven marinero.
     El corazón de Daniel empezó a latir a ritmo acelerado. Mientras el capitán aceleraba la embarcación, la velocidad generó que el paracaídas se inflara terminando por jalar hacia arriba el pesado cuerpo de 1.88 metros de altura. Luigi soltó los cinturones y Daniel se elevó al mismo tiempo que el motor rebobinador libraba la cuerda lentamente.
     –¡50 pies! –escuchó Daniel allá arriba, al mismo tiempo que sintió que la soga detenía su viaje a las alturas.
     La emoción era muy fuerte, sin embargo, al sentirse más seguro echó una mirada hacia abajo, podía ver a cientos de personas que reposaban a las orillas de la playa, otras caminaban y otras ingresaban y salían del agua en un juego casi ridículo de movimientos. Vio los edificios, pudo reconocer el  Hampton Inn & Suites, el Hotel San Juan, el Sans Hotel, fue revisando la costa de Isla Verde hasta que pudo ver el Condado Plaza Hotel, llegando al  viejo DuPont Plaza y recordó que hubo un incendio en dicho hotel por fines del año 1986.
     De pronto sus pensamientos desaparecieron al sentir que caía rápidamente, la lancha había reducido la velocidad, y como si se tratara de una cometa, el pesado cuerpo comenzó a descender y sus pies llegaron a topar con el agua. Nuevamente y con precisión el capitán aceleró la nave elevando el paracaídas hasta que llegó a los 50 pies. Las risas eran estridentes, las podía escuchar con claridad.
     –No es nada gracioso –pensó, pero sus pensamientos no cambiaban las risas de todos los ocupantes de la embarcación.
            El paseo continuó a todo lo largo de la costa, luego escuchó el motor rebobinador puesto en marcha y sintió cómo retornaba hacia la plataforma. Habían pasado 20 minutos de una experiencia que pese al pequeño susto, en sí fue muy agradable.
     –¿Are you ok? –preguntó Luigi.
          –¡¡Sí!! ¡¡Sí!! –respondió Daniel sin terminar de sobreponerse de la experiencia.
     Rápidamente el marinero recogió el paracaídas, mientras la nave reducía lentamente su marcha, soltó los ganchos sujetadores del arnés al tiempo que otra persona con otro arnés esperaba su turno para ser elevada a las alturas.

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