El rostro de Daniel se veía intenso, libre. La sombra de incógnita había desaparecido de su expresión gestual.
Caminaba por la orilla del mar de Isla Verde, vestía un pantalón corto de color blanco y un polo amarillo. La claridad de su pensamiento esta vez lo hacía sentir relajado.
Llegó hasta el muelle en donde, como todas las mañanas, se encontraba Luigi con sus ropas perfectamente blancas.
–Hola –dijo Daniel.
–Hola, mister Brown –escuchó por respuesta–. ¿se anima a otro ride?
–No, gracias, ya tuve suficiente –respondió sonriendo.
–Entiendo… igual… ya estoy de salida. Hoy no trabajo, Mr. Brown, es mi día libre –dijo el joven de blanco–, pasaré por el hospital y…
–¿Hospital? –Interrumpió Daniel–. ¿Es que acaso estás enfermo, Luigi?
–No, señor Brown, le contaré que soy médico y mi verdadero trabajo es en el Hospital Carolina, estoy de vacaciones y mis hobbies son el parasailing y el buceo submarino. Tengo dos socios en esta empresa de Parasailing and Sea Sports.
–¡Papi!, ¡papi! –se escuchó la voz de una niña que llamó la atención de Luigi.
–¡Hola, hija! –saludó, levantando la mano.
–Llegó mi familia –informó Luigi–. Esta mañana vamos a ir de paseo al Yunque, vamos a conocer, nosotros somos peruanos y hace muy poco tiempo que hemos venido a vivir a Puerto Rico, no conocemos mucho de la isla –contó Luigi–. ¿Te gustaría acompañarnos, es decir, si estás libre sin otros planes –invitó el joven cambiando de un momento a otro el trato de usted al tú.
–La verdad es que me gustaría ir con ustedes, siempre y cuando no incomode –dijo Daniel.
–No, no, para nada –afirmó Luigi–. ¡Vamos! El Yunque está muy cerca, son las 10:30 a.m. a las 3:00 p.m. estaríamos de regreso, si todo sale bien –terminó diciendo.
Ambos hombres se acercaron a la camioneta Montero de color negro que esperaba a unos 50 metros del muelle. Una mujer joven de brilloso y largo cabello negro, ojos pardos y grandes, no muy alta, bajó de la 4 x 4 y caminó hacia ellos.
–Mi esposa Diana –presentó Luigi.
Dos niños bajaron también del vehículo y corrieron abrazando las piernas del joven padre.
–¡Saluden, hijos! –orientó Luigi–. Ella es mi hija Vickie Sue de 7 años, él es Robert, de 6.
–¿Cómo te llamas? –preguntó el pequeño y ágil niño tomando de la mano a Daniel aparentemente ignorando los 1.88 metros de altura y tratándolo como a cualquier otro niño de su edad.
–Mi nombre es Daniel –respondió el hombre de la barba negra.
–¿Vas a venir con nosotros al Yunque? –preguntó el mismo niño, mientras todos caminaban hacia la camioneta.
–Sí –contestó Daniel–, tu papá me invitó a acompañarlos, si no te molesta.
–¡Yea, yea! –gritó el niño con una alegría que confundió a Daniel.
–¿Te alegra mucho que vaya con ustedes, Robert? –preguntó Daniel.
Con una gran sonrisa el niño dijo:
–¡Por supuesto que me alegra! Mira, Daniel, en El Yunque hay unos árboles gigantes con unas hojas gigantes y si tú me cargas podré ver todo muy bien desde arriba.
–Robert, deja tranquilo a Daniel –intervino la joven y bella madre, sin poder ocultar la sonrisa en su rostro.
–No hay problema –dijo Daniel con tono pacífico y extendiendo la mano hacia Diana en señal de saludo.
Ella apretó la gigante mano y sonriendo dijo:
–Gusto de conocerte, Daniel. ¿De dónde eres?
–Larga historia –contestó Daniel–. Nací en San Diego, California, de padre alemán, madre israelí y vivo en Tel Aviv, Israel, pero me considero un ciudadano de un mundo sin fronteras.
–¡Oh!, qué interesante –dijo Diana, mientras se hacía cargo de subir a los niños a la camioneta, al mismo tiempo que Luigi abría el capot para arreglar unos maletines y un conservador de alimentos–. Decir eso para ti es fácil –continuó– porque tienes varias nacionalidades y prácticamente el mundo con todas las puertas abiertas. No es lo mismo para nosotros los peruanos, pertenecemos a un mundo cerrado, es muy difícil conseguir visas para Estados Unidos o para cualquier país de Europa, nosotros sentimos que las fronteras y puertas del mundo están cerradas –afirmó la mujer con tono duro, dejando ver un malestar escondido.
–Los sistemas políticos se protegen o creen protegerse de alguna manera. Y como dice el dicho, “los justos pagan por pecadores” –citó Daniel en tono conciliador.
–Eso es verdad. Yo iré atrás con los niños, Daniel, acomódate en el asiento de adelante, por favor –ordenó la bella mujer.
–Gracias –contestó Daniel.
–¿Todos listos? –preguntó Luigi.
–¡Sííí! –gritaron los niños moviéndose alegres en sus asientos y colocándose los cinturones de seguridad sin mediar orden alguna, y dijeron en coro:
–¡Listos, papá!
Tomaron la ruta al este y en todo el camino la familia entera entonaba unas canciones con letras extrañas:
–“Soy un hijo de Dios, por Él enviado aquí, me ha dado un hogar y padres caros para mí”.
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