CAPITULO 13
Sonó el intercomunicador de la habitación. Aún con sueño, de mala gana y cansado Daniel logró alcanzar el aparato que se encontraba sobre la elegante mesa de noche al costado izquierdo de la cama.
–Aló –contestó con voz extraña.
–Disculpe señor Brown, buenos días –escuchó una hermosa voz femenina que le cambió el ánimo–. Se encuentra en nuestra recepción el señor Luigi Galvani y desea hablar con usted.
–Sí, está bien. Comuníquelo por favor.
–Daniel, estuve llamando a tu celular pero se encuentra apagado, por esa razón pasé directamente –se escuchó el comentario de Luigi.
–Sí, Luigi, cuéntame, ¿cuál es la urgencia? –dijo Daniel.
–Bueno, mi familia y yo vamos a dar un recorrido por las islas, Barbados, Islas Vírgenes, San Martín, Saint Thomas y pensé que te gustaría acompañarnos –expresó Luigi como disculpándose por haberlo despertado.
–Por supuesto que sí, ¿me das media hora para prepararme? –se decidió Daniel sin hacer más preguntas.
–Claro que sí –dio por respuesta Luigi.
En el lobby se encontraban los niños, Luigi se acercó a ellos y les anunció:
–El tío Daniel está en camino, en media hora estará con nosotros.
–Yea!!! Yea!!! Yea!!! –gritaron los niños en coro. Luigi hizo algunas señales de silencio y estos inmediatamente se tranquilizaron.
Transcurridos 25 minutos se abrió la puerta metálica del ascensor y apareció una imponente figura, un hombre joven, de barba negra azabache, polo blanco como la nieve, jeans vaquero y tenis blancos, lentes oscuros y un quepí, también blanco, que cubría la frente y dejaba ver el negro cabello perfectamente arreglado. Un maletín de mano de color negro hacia juego con la elegancia del hombre.
–¡Tío Daniel, tío Daniel! –se escuchó la voz de los niños que corrían hacia el hombre. Este se detuvo y redujo su gran estatura agachándose, dejó el maletín a un costado y con ambos brazos sostuvo a los niños. Ellos lo abrazaban mostrando mucho afecto, como si lo conocieran de toda la vida.
–Ya, niños, vamos, mamá espera por nosotros, vamos –dijo Luigi con voz suave, como no queriendo interrumpir la escena.
Daniel dejó a los niños y recogió nuevamente el maletín de mano, los niños se cogieron uno de cada mano del padre y dando pequeños saltos se dirigieron a la puerta posterior del hotel, atravesaron el camino al costado de la larga piscina y llegaron a la playa, continuaron hasta el muelle, al costado del cual se dejaba ver un pequeño crucero de dos pisos y 50 pies de largo. El gran Tony se encontraba a bordo, vestía una camiseta de mangas recortadas de color verde, pantalones cortos un poco más oscuros que su polo y zapatillas, especiales para barco. Daniel se acordó de la lección sobre sus tatuajes y sonrió.
–¡¡¡Hola, mister Brown, hola, niños!!! –gritó desde la parte más alta de la nave y continuó con sus tareas con la dedicación que sólo un profesional puede mostrar.
–Hi, Tony!!! –respondieron los niños mientras Daniel y Luigi atinaron a levantar el brazo en forma de saludo.
–Farra’s Dream –leyó Daniel en voz alta el nombre de la embarcación.
–Sí, fue inicialmente propiedad de la actriz –explicó Luigi–. Mi empresa la ha adquirido hace unos meses. Es una nave muy interesante, tiene veinticuatro camarotes, un motor inboard muy potente. En unos 15 minutos vendrán algunos pasajeros, haremos el viaje con ellos, espero que no te incomode –terminó Luigi.
–Vamos, Luigi, es que no terminas de conocerme, hombre –dijo Daniel dando un golpe amigable en el hombro de Luigi.
–Lo que quería decirte es que mi familia te ha tomado mucho cariño y en realidad queremos que te diviertas y pases unas buenas vacaciones, o disfrutes todo el tiempo que te detengas en la Isla –manifestó Luigi con tono muy amigable.
–Estoy impresionado, nunca antes había sentido tanto afecto de gente que recién empiezo a conocer, gracias Luigi, tienes unos hijos maravillosos y una hermosa esposa –afirmó Daniel, correspondiendo a las palabras del joven amigo.
–Mira, ya llegan nuestros pasajeros –dijo Luigi señalando al grupo que venía por el muelle guiado por la joven de uniforme verde y amarillo.
–Todo en orden, doctor –dijo la joven dirigiéndose a Luigi–. Tenemos a 18 invitados esta vez –explicó al tiempo que el fuerte sonido, como el de un trombón que provenía de la nave, los interrumpía.
–El viejo loco nos llama –dijo Luigi–. Será mejor que nos apuremos. ¡¡¡Todos a bordo, por favor!!! –cerró Luigi en voz alta.
Daniel se unió al grupo de turistas y una joven rubia y de ojos verdes tocó su brazo al tiempo que decía:
–¿Are you coming with us?
Daniel giró sorprendido y se encontró con las jóvenes con quienes unos días antes coincidiera en el restaurante del hotel. Las tres chicas le sonrieron y en coro dijeron –Hiiii!!! –con voz femenina y coquetas.
–Yea, I hope we’ll have a good time together –repuso Daniel mostrando el mismo tono y seguridad masculina.
Todos ya estaban a bordo. La joven de uniforme de pronto se encontró acompañada de tres chicas más que dirigían a cada uno de los pasajeros a su respectivo camarote.
La nave se veía cómoda y suficientemente elegante, fuerte y muy segura. Apenas se podía sentir el vaivén de las olas. Aún anclados al costado del muelle se dejó escuchar por segunda vez el grueso sonido del trombón.
Quince minutos más tarde, con reloj inglés a las 10:00 a.m. se dejó escuchar el tercer y último trombón y la nave empezó a moverse. Apenas un par de curiosos a orillas de la playa movían sus brazos en señal de despedida.
Casi todos los pasajeros habían salido de sus habitaciones y se encontraban apoyados al fuerte barandal metálico en la parte más alta de la nave, mirando cómo lentamente se perdía la costa.
“Este hombre no pierde el tiempo”, pensó Luigi sonriendo y viendo a Daniel que se paseaba con una chica a cada lado y sujetas de sus varoniles brazos.
–Niños, vamos a buscar a mamá, ¿ok?, dejemos tranquilo al tío Daniel que se encuentra muy bien cuidado.
Bajaron a los camarotes; en el número 1A encontraron a Diana, con la cara pálida sintiendo los mareos correspondientes por la poca experiencia de estos viajes marinos.
Señores y señoritas –se escuchó una voz femenina, muy dulce, salir de los parlantes instalados en diferentes partes de la nave–: en estos momentos pasamos cerca de la playa Flamenco, que pertenece a la Isla Culebra. Nos encontramos aún en territorio norteamericano –completó la voz–. En esta oportunidad no nos detendremos en este punto, continuamos viaje hacia las Islas Vírgenes, llegaremos a Saint Thomas y nos detendremos allí justo a la hora de almuerzo. Les hacemos recordar que deben utilizar un buen protector solar para cuidar su piel, pueden adquirir los productos de la línea Sun Protection con nuestras hostess.
En seguida una música muy alegre pero en volumen moderado cubrió el ambiente y la voz femenina cesó de dar sus importantes recomendaciones.
–What a wonderful beach –dijo Katherine, la rubia de ojos verdes, mientras acariciaba suavemente el brazo izquierdo de Daniel–. I want to be here next time, don’t you think so, Daniel? – dijo con voz melodiosa.
–Yes, it seems to be a marvelous place –dijo Daniel, mirando a la distancia la orilla de la playa Flamenco, la arena blanca, las palmeras, las enormes y bellas casas que se podía apreciar a lo lejos y que mostraban un lugar paradisíaco. Completaban el cuadro las aguas cristalinas y las olas blancas muy cerca de la orilla.
–We are going to anchor in this coast in two or three days, that’s what I know –dijo la amiga que tomaba el sol echada en la plataforma sobre una colorida toalla de verano, cubierta por una tanga brasileña de color blanco que hacia resaltar su ya bronceado cuerpo.
–Eso es verdad –dijo Luigi acercándose al grupo–. Anclaremos en Flamenco pasado mañana para que puedan disfrutar de una de las mejores playas del mundo. ¡¡¡El postre se come al último!!! –agregó sonriendo y continuó su camino para hablar con los otros grupos que disfrutaban del sol sobre la plataforma de la nave. Lucía su perfecto uniforme blanco.
–We can stop by in this island for a long and go back to P.R after two or three more days, ¿what do you think, Daniel? –dijo Katherine, la rubia compañía.
–Creo que es posible, chicas, pero ya veremos, no sé si podré quedarme tanto tiempo fuera de Puerto Rico, tengo asuntos personales que resolver allá –sentenció y guardó silencio. Volvió a sus propios pensamientos y recordó que su viaje tenía un único propósito, el cual tenía que cumplir. Las chicas guardaron silencio también, estaban aprendiendo a conocer al hombre elegante. Reconocieron aquel acento extraño y fuerte que utilizaba cuando quería sostener una idea firmemente.
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