27 de abril de 2015

CAPITULO 12

CAPITULO 12
   Daniel miró su reloj, eran las 9:00 p.m., las horas habían pasado más lentas que nunca antes. Echado sobre la perfecta cama de la suite del hotel recordaba cada momento vivido en ese inolvidable día.
     “Qué hombre para más extraño, y ahora que me doy cuenta, hemos pasado juntos varias horas y en ningún momento hemos podido conversar. Jamás tuve la oportunidad de hablar con él y de pedir que me ayude con este problema que tengo. Qué raro hombre, pero también qué rara experiencia. Me he sentido transportado a otra dimensión. Qué bárbaro, mi cuerpo cómo temblaba y no podía controlarme, pero estoy seguro que todo tiene una explicación lógica. Ya tendré oportunidad de hablar con el hombre. ¿Oye, y cómo se llama este hombre misterioso?”, se dijo a sí mismo y dio un salto de la cama, buscó su teléfono para llamar a su amigo, con rapidez en sus movimientos como si se tratara de una gran necesidad.
     Timbró el teléfono del otro lado, dos, tres veces, se escuchó la voz inconfundible de Luigi:
         –¡Aaaalóóóó!
     –Luigi, soy Daniel, necesito saber el nombre de tu maestro, nunca me lo dijiste y en ningún momento nos han presentado formalmente, así que aun cuando hemos pasado todo el día juntos no me di cuenta de que no sabía su nombre.  
     –No hay problema, hombre –respondió Luigi–. Su nombre es Lin Chin Pen, es una larga historia la de este hombre. Dice que su padre fue chino y su madre tibetana, que él fue dedicado al monasterio budista a los tres años y estuvo allí hasta los treinta y tres, luego salió del monasterio y se fue a Nueva Delhi a estudiar. Allí estudió medicina científica y una vez que terminó un día decidió viajar a Estados Unidos. Uno de sus condiscípulos, un  hindú,  le preguntó adónde iba. El le contestó que no sabía, solo que tenía que viajar a USA. Este joven le dio la dirección de un tío abuelo que se encontraba muy enfermo, pero tal vez le pudiera servir de algo tener su dirección, le dijo. Así que Lin Chin Pen llegó a USA directamente a San Diego, en California, y fue a la casa de ese hombre anciano a quien encontró muy enfermo. Le dijo que a cambio de hospedaje él podía atenderlo, pero este hombre era el mayordomo de una familia muy adinerada de los Estados Unidos, y por supuesto vivía en la casa destinada a quien ocupara su cargo dentro de la propiedad de esa familia. El asunto es que Lin Chin Pen terminó viviendo en la casa del mayordomo y atendiéndolo. Este anciano hindú tenía un diagnóstico de cáncer de estómago. Según recuerdo la historia, después de seis meses fue a su médico y no encontraron vestigios de la enfermedad.
         Luigi hablaba al otro lado de la línea sin parar.
         –Al saber esto los señores de la casa le pidieron a Lin Chin Pen que sea su médico. Este les dijo que no podía porque no tenía sus papeles en regla, lo cual no fue ningún problema para los abogados de la familia millonaria –continuó Luigi.
     –Lo ayudaron y abrió un consultorio de medicina alternativa, al poco tiempo abrió el Instituto Chi Sei de Medicina Tradicional Tibetana. Allí comienza el resto de la historia porque es cuando yo empecé a estudiar en California justamente en ese Instituto, cuando me dicen que me iban a transferir al Hospital de Carolina en Puerto Rico, imagínate la gran sorpresa cuando me enteré de que en la Isla también hay una sucursal del Instituto Chi Sei, y que acá se llama Instituto Lie Ching y queda en Hato Rey, más sorpresa aún cuando llego a Puerto Rico y me entero que el mismísimo Lin Chin Pen es uno de los maestros –narraba Luigi muy animado.
     –Qué interesante es la historia que me estás contando –interrumpió Daniel–. Es algo que no se puede negar, se trata de una persona increíble, con mucha sabiduría y extraños poderes.
     –Sí, eso es, extraños poderes –repitió Luigi–. Y eso que no has visto todo lo que yo he visto, llevo más de tres años en el instituto y me siento muy orgulloso, alegre y agradecido de que me tenga cierta preferencia. En realidad somos dos, mi compañero es de la isla, se llama Roberto, a los dos nos invita con frecuencia y nos enseña cosas diferentes, cosas que a los demás alumnos ni siquiera se las menciona.
     –Gracias, Luigi, lamento haber interrumpido tan tarde, gracias por la historia y gracias por haberme presentado a tu maestro.
     –No hay de qué, Daniel, sé que en cualquier momento todas las respuestas vendrán y que tus problemas se solucionarán. Buenas noches, Daniel, descansa.
     –Sí, buenas noches.


         Daniel colgó el teléfono y se echó nuevamente sobre la cama, perdiéndose entre sus pensamientos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario