27 de abril de 2015

CAPITULO 6

CAPITULO 6

     Increíble, la densa vegetación y la lluvia tropical contrastaban con el caliente sol de la costa, y todo a pocos minutos de San Juan, en la Sierra de Luquillo.
     El croar de los coquíes formaba un coro impresionante, por entre los árboles descendía un aire frío. Los niños, tomados cada uno de la mano de uno de los padres, caminaban por un sendero formado en medio de la naturaleza por el paso de miles de turistas que antes que ellos habían visitado el lugar.
     Latas de gaseosas, botellas de cerveza, bolsas plásticas y papeles yacían a los costados del camino como tristes recuerdos de una salvaje incursión.
     Hasta que finalmente, después de media hora de caminata, entre una variedad de especies de árboles, de plantas, de orquídeas y de hongos fosforescentes, se abrió una visión impresionante: El Toro, el pico más alto del bosque, con la luz del sol detrás de él y un arco iris que coronaba la montaña, creaban el más bello espectáculo.
     El pequeño soltó la mano del padre y corrió hacia Daniel con los brazos extendidos, este entendió el gesto y con un sólo movimiento colocó al niño sobre sus hombros.
     A más de dos metros de altura, los ojos del niño se abrían admirados por el impresionante cuadro.
     –Tienes una bella familia –comentó Daniel, ya de regreso a la ciudad.
     ¿Y tú, eres casado, tienes hijos? –preguntó Luigi.
     No, nunca me he casado y no tengo hijos –respondió Daniel.
     ¿De vacaciones en Puerto Rico? –indagó Luigi, con tono cuidadoso, como demostrando que su pregunta era amigable.
     No, la verdad es que he venido a entrevistarme con la doctora Elba Ross, psicóloga de profesión –informó Daniel cortésmente.
     ¡Qué interesante! Qué mundo para pequeño –comentó Luigi–. La doctora Ross es mi profesora de Análisis Transaccional y Psicoterapia Transpersonal, estudio Medicina Holística en el Instituto Lie Ching de Hato Rey –aclaró el joven–. Complemento mis estudios de medicina. El mundo de la mente humana es fascinante –dijo al momento que sus ojos se iluminaban–. Este año termino y es probable que me dedique a la Medicina Alternativa.
     –¿Dejar el trabajo en el Hospital? Ni se te ocurra en un millón de años                             –interrumpió Diana con un gesto un poco extraño en su boca, la cual torció simulando una parálisis facial.
     –Bueno, ya veremos más adelante –comentó Luigi con tono suave y un toque de vergüenza.
     –Así que conoces a la doctora Ross –continuó en tono de pregunta y afirmación.
     –Sí, he tenido algunas sesiones con ella, en realidad dos sesiones de hipnosis, es que me interesa mucho el tema de vidas pasadas –contó Daniel.
     –Nosotros somos mormones y no creemos en vidas pasadas –intervino la joven mujer.
     –Yo no sé si “creer” es la palabra adecuada, tengo experiencias que no han encontrado explicación en ninguna ciencia, he buscado respuestas en la Medicina, Psicología, Psiquiatría y ahora estoy encontrando algunas luces en la Psicoterapia Transpersonal y la Hipnosis Terapéutica –expresó Daniel.
     Jesucristo es la única salvación, si tienes fe en Él, todas las enfermedades físicas o mentales pueden ser curadas –dijo Diana.
     He visitado los mejores y más connotados científicos en Israel, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, todos coinciden en que estoy sano, no tengo, según ellos, ninguna enfermedad, ni física ni mental, sin embargo ese diagnóstico no impide que tenga recuerdos y visiones de cosas y lugares que nunca he vivido ni visitado –relató Daniel en tono contundente.
     –Yo no tengo experiencias de vidas pasadas, pero veo cosas que otros no ven y sé cosas que nadie me ha enseñado jamás –dijo Luigi mientras tornaba el timón a la izquierda y tomaba la Avenida Isla Verde rumbo al hotel.
     Los niños lucían como ángeles dormidos.
     –¿Y no te inquieta el obtener una explicación a tal fenómeno? –preguntó Daniel.
     –Daniel, yo ya he obtenido mis respuestas –afirmó Luigi. El Yoga, la meditación y largas horas de creatividad, y por supuesto las sabias orientaciones de mi Maestro budista.
     –Esa ruta no he probado, me gustaría aprender a meditar –comentó Daniel. ¿Crees que podrías enseñarme?
     –Mientras duren mis vacaciones tendré muchas horas libres, pero me gustaría primero que conozcas a mi Maestro –invitó Luigi. Déjame coordinar con él, ¿te parece bien?
     –Sí, sí, por supuesto –y la mirada de Daniel se perdió nuevamente en el infinito mientras Diana discutía de temas religiosos con su esposo.

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