– OOOOOMMMMMMMMM
Sonó nuevamente el coro de la congregación y sacaron a Daniel de sus memorias. Inconscientemente se miró las manos y sonrió. Esta vez no tenía puré de papa en ellas.
El sonido OM sonó tres veces y dieron por terminada la sesión. El hombre anciano hizo unas señas y Luigi sacudió levemente el brazo de Daniel y dijo:
–El Maestro te llama, acércate por favor.
Daniel se puso de pie y caminó por entre los cuerpos y cojines de quienes se encontraban delante de él. Un cojín vacío frente al anciano fue señalado por este. Daniel entendió y se sentó.
El hombre sacó un medallón de metal que tenía colgado en su pecho y lo colocó en la frente de Daniel. Con la mano izquierda tiró suavemente de la nuca del joven y quedaron pegados con el medallón entre las dos frentes.
–Hermano, ¿por qué temes? Abre tu corazón y tu mente y mira lo que tengas que mirar, escucha lo que tengas que escuchar y haz lo que tengas que hacer –dijo el hombre de edad, en voz muy baja.
Daniel sintió como un fuego que invadía su cuerpo, no sabía qué decir, guardó silencio y recibió con humildad el consejo del anciano.
Las frentes continuaron unidas por un largo minuto.
–Tu nombre es OSHI-ADAD y el tiempo para que entiendas tu propósito ha llegado.
Esta vez Daniel no pudo ocultar su impresión. “¿Cómo puede saber este hombre sobre mí, aquello que ni yo mismo sé?”, pensó.
Las frentes se separaron y el anciano colocó el medallón sobre el pecho de Daniel, a la altura del corazón. Con la palma de la mano el hombre viejo presionó el aparato hasta causarle un dolor leve.
El anciano soltó el medallón y abrazó al joven, el mentón del viejo tocó el hombro izquierdo de Daniel, se separó suavemente y pasó la cara al hombro derecho. Daniel entendió que el pequeño ritual había terminado.
Una mujer joven estaba parada detrás de él esperando su turno. Se puso de pie sin saber qué más continuaba. Una mano tocó su brazo y escuchó:
–¿Vamos?
Daniel tornó a su izquierda y se encontró con el rostro radiante de Luigi.
–Sí, vamos –contestó.
“¿Cómo pudo este hombre conocer mis pensamientos?” –siguió preguntándose, mientras Luigi manejaba rumbo al Hotel Hampton Inn & Suites de San Juan.
–Nos ha dado cita para mañana a las 7:00 a.m. ¿Tienes libre esa hora? –indagó Luigi.
–Por supuesto –contestó Daniel–. No me perdería esa entrevista por nada del mundo. ¿Siete de la mañana? –se aseguró.
–Sí, pasaría por ti a las 6:30 –corroboró Luigi– ¿Estás de acuerdo?
–Sí, sí –respondió y se perdió en medio de sus pensamientos.
“Dijo mi nombre, ¿cómo pudo saber? ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué magias manejan estos hombres? Todo eso que he sentido, ¿qué es?”, cavilaba mientras su mirada se encontraba perdida por la ventanilla de su costado derecho.
–No te preocupes –escuchó que decía Luigi al tiempo que estacionaba la camioneta a la entrada del valet parking del hotel–. Todas tus preguntas tienen una respuesta.
La mano de Luigi se posó sobre el hombro de Daniel y recalcó:
–Tranquilo, Daniel, todas tus preguntas encontrarán respuesta.
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