CAPITULO 11
–Yo vi una luz muy intensa y mi mente se quedó en blanco, solamente podía escuchar la voz del Maestro –se escuchó la voz de Luigi, ya sentado y recuperado de la fuerte impresión vivida.
Con un tono más tranquilo se escuchó la voz de Daniel que decía:
–Yo he experimentado lo mismo, después del primer mantra vi una luz muy intensa, mi cuerpo comenzó entonces a temblar, intenté detener el temblor pero me fue imposible, seguía temblando. Luego una sensación de paz llenó todo mi ser, no podía creer que pudiera existir tal tranquilidad, fue entonces que mi mente se tornó en blanco y a lo lejos escuchaba la voz del Maestro cantando los mantras.
–Todo esto sale de la lógica, lo he vivido en carne propia pero ahora que estoy, podría decir, “normal”, no puedo creer que unos sonidos puedan causar toda esa energía y sobre todo el estado al cual he llegado. ¡Qué increíble! –explicó Daniel a continuación, y cruzó sus manos sobre su pecho como buscando sentir nuevamente todo aquello que acababa de vivir.
El anciano se puso de pie y sonreía, en su rostro se reflejaba una inmensa paz y una profunda satisfacción.
–Vamos jóvenes, comeremos algo y luego vamos a la ciudad, hay mucho por hacer. Luigi, Daniel, no hay tiempo, tenemos muchas cosas que hacer.
En sus palabras había un tono extraño que Daniel no terminaba de entender.
Los jóvenes se pusieron lentamente de pie y caminaron detrás del Maestro, se abrió la puerta de vidrio y madera, el sol de la Isla los saludó con sus fuertes rayos y ambos levantaron los brazos para cubrirse los ojos que se mostraron doloridos por la luz.
–¡Ja, ja, ja, ja, ja! –reía el tibetano, mientras los jóvenes se adaptaban a la luz sin entender en qué consistía el chiste que causaba tanta risa en el viejo hombre.
Éste ignoró los rostros de extrañeza de ambos jóvenes y en silencio atravesó el gran patio. Bajo la sombra que provocaba el techo de madera se podía sentir algo de una brisa fresca. Llegaron a un gran comedor en donde una mesa de madera que se veía grande, fuerte pero con unos muy finos tallados, se encontraba servida: una jarra de agua, otra de jugo de frutas, platos con pecanas, nueces y una taza de avena caliente en cada sitio, perfectamente servidos con elegancia sobre tapetes de mimbre.
El anciano se sentó al costado izquierdo de la mesa dejando libre lo que se suponía era la cabecera. En ese momento la joven boricua traía unos olorosos y calientes panes de trigo integral. El anciano cogió la jarra de agua y se sirvió. Los jóvenes esperaban la orden para sentarse, continuaban de pie. Pero como la orden jamás llegó, Luigi tomó la iniciativa y se sentó al frente del anciano al costado derecho de la mesa, y Daniel se sintió un poco avergonzado de ocupar la cabecera. En su mente se atravesaron, en fracciones de segundo, una gama de ideas y pensamientos que lo llevaron a recordar su niñez. Recordó el rostro de su padre alemán y el tierno rostro de su madre judía. Recordó a sus abuelos maternos y las grandes reuniones del Sabbat, creyó ver la copa del kidush, los panes, cubiertos y las velas.
Después de un largo minuto el joven se sentó.
El anciano dejó ver una leve sonrisa y prosiguió con su delicioso desayuno.
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