27 de abril de 2015

CAPITULO 14

CAPITULO 14


         –Señores y señoritas –se escuchó la voz femenina por los altoparlantes–: en breves momentos tendrán la oportunidad de conocer Charlotte Amalie, la capital de Saint Thomas. Anclaremos en la bahía y tendrán tiempo libre para pasear por la isla hasta las 4 de la tarde. Les pedimos que por favor aborden el Farrar’s Dream a la hora exacta, gracias.
             Luego repitió el mismo mensaje en perfecto inglés y en seguida lo hizo en francés. La música se había detenido y se logró escuchar el ruido del agua que era cortada finamente por la quilla de la embarcación.
          La mayoría de pasajeros descendieron y pronto se vio a pequeños grupos subiendo a taxis que esperaban cerca del muelle para darles un tour por la ciudad.
        Daniel caminaba acompañado de las tres mujeres jóvenes; Tony, el boricua y alegre miembro del equipo de trabajadores del crucero se había unido a ellos y asumió el papel de guía de turistas.
       Tony los llevó hacia el enorme grupo de taxis,  todos llevaban una pequeña bandera finamente sujeta a la antena de cada auto.
        –El fondo blanco representa la paz que se consiguió después de muchas batallas por apoderarse de la isla –dijo Tony en voz alta–. La letra “V” y la “I”, son de color azul celeste y quiere decir Virgen Island, ustedes pueden ver la gran águila americana en el centro de la bandera, de color amarillo y lleva en el pecho el escudo de protección con una franja horizontal de color azul, y  franjas verticales blancas y rojas que representan a los Estados Unidos de América. El águila lleva en una de sus garras una hoja de laurel confirmando la buena y pacifica intención de los habitantes de esta isla, sin embargo en la otra garra pueden apreciar un ramillete de flechas de color celeste que significa que están preparados para defender su territorio de cualquier intento de invasión.
       Tony se acercó al chofer de uno de los taxis e hizo los arreglos para guiar a su grupo.
   –Yo conozco muy bien la isla, permítame, mister Brown, que sea su guía este maravilloso día –dijo dirigiéndose a Daniel.
    –Sí Tony, no hay problema, confiamos en ti y en todos tus conocimientos –confirmó Daniel–. ¿Verdad, chicas?
      –Sí, Tony, sí –dijeron las tres chicas en coro y con  notorio acento extranjero.
      Todos se acomodaron en el auto dejándose guiar por el gran y querido Tony.
       Llegaron a una zona alta de la ciudad desde donde se podía ver toda la bahía, cientos de embarcaciones entre pequeños botes, yates lujosos y embarcaciones mayores que flotaban como juguetes sobre las azules aguas.  Se apreciaban también  cientos de tejados rojos de las casas que se distribuían como un mar a las faldas de los cerros de Charlotte.
        El color ladrillo de los techos contrastaba con el verde de la vegetación que crecía abundante a los costados de cada construcción, así como con el color blanco de las paredes de las mismas.
    Regresaron a tiempo todos los pasajeros del pequeño crucero, cada grupo comentando por separado sus maravillosas experiencias en la isla; algunos hablaban de la rica comida, otros de los paisajes, otros sobre la bahía, la mayoría felices por lo bien que eran acogidos por la población.
          En el muelle se podía ver otros cientos de turistas que regresaban a sus respectivas embarcaciones, los murmullos eran interminables.
      Las chicas de uniforme, Tony y Luigi comprobaron, con empeño, que todos sus pasajeros estuvieran a bordo. A las 4:00 p.m. sonó el “trombón”. Rápidamente, Luigi se dirigió a uno de los intercomunicadores, instalados en diferentes lugares de la embarcación y comunicó al capitán que todo estaba conforme.
          La embarcación comenzó a moverse.
       Con rostro relajado y una expresión llena de paz y tranquilidad Luigi se acercó a Daniel que se encontraba esta vez solo y cerca de la baranda de popa.
         –Hola, Daniel, ¿todo bien, amigo? –dijo de manera muy cortés.
       –Sí, Luigi, todo muy bien –respondió Daniel.
       –No sé, te veo como preocupado por algo, por esa razón te pregunto –indagó Luigi.
       No, no es nada, bueno, lo que notas probablemente es extrañeza, sucede que desde que tuvimos la sesión con el maestro Lin Chin Pen, no se han presentado las visiones o recuerdos y eso me llama la atención. No sé qué está pasando y qué pasará en el futuro     –comentó Daniel.
       Luigi sonrió, se acercó un poco más a Daniel y dijo:
      –Daniel, sé que es difícil para ti comprender todas estas cosas sobre la energía y sobre todo lo que sucedió en la última sesión con el Maestro. Solamente quiero decirte que confíes, confía que todo tiene una solución y una respuesta. ¿Recuerdas las palabras que mencionó el  Maestro después que cantó todos los mantras? ¿Recuerdas que dijo varias veces que se abrían portales? –preguntó Luigi, su voz era muy firme y con cierto tono solemne en ella.
       –Precisamente en eso pensaba cuando tú te acercaste –mencionó Daniel–. No sé qué significa todo esto, he quedado muy impresionado porque mi cuerpo, y el tuyo también, temblaba tanto que no podía controlarlo, sin embargo no he tenido la oportunidad de preguntar al Maestro por qué y cómo es que unas palabras puedan tener tantos efectos o consecuencias –continuó.
      –Ya habrá oportunidad para que hables con él, pero no son esas respuestas las que marcan la diferencia, Daniel –afirmó Luigi. –Fuentes impresionantes de energía y de conocimiento han sido abiertas y pronto lo podrás comprobar por ti mismo. ¿Recuerdas uno de los mantras que dice DALAI OM DALAI? – preguntó el joven.
       –Sí –confirmó Daniel.
       –Pues, cuando puedas,  en un lugar tranquilo, canta ese mantra, yo sé que eso te va a ayudar mucho para encontrar tus  propias respuestas. 
      Dichas esas palabras Luigi extendió la mano a Daniel en forma de saludo y este respondió, ambas manos se estrecharon fuertemente y entonces, sin agregar palabras, Luigi se retiró dejando solo a Daniel.
       El joven de barba negra sonrió gratamente y se volteó sujetándose de la baranda. Perdió su mirada en el horizonte, mientras el sol también se perdía en medio de una fiesta de colores, parecía dar pequeños saltos sobre las aguas mientras estas se tornaban entre rojo y naranja acompañando al sol en su despedida.
         Así pasaron dos días y dos noches en el pequeño crucero Farrar’s Dream.  De Saint Thomas a la Isla Antigua, luego a Dominica, Martinique, hasta llegar a Barbados. Allí disfrutaron una noche y una mañana, luego iniciaron el retorno.
      La alegría se desbordaba en cada uno de los pasajeros de la embarcación, y por supuesto que Luigi era uno de los más alegres, satisfecho de haber realizado un buen trabajo.
        Llegaron a las orillas de la Isla Culebra, precisamente en una de las más hermosas playas del mundo, Flamenco, las arenas blancas, las aguas tranquilas y cristalinas, cientos de felices turistas que gozaban de la paz y tranquilidad que les brindaba tremenda naturaleza.
         Las tres bellas chicas finalmente habían convencido a Daniel de alargar la estadía en Flamenco y se disponían a buscar dónde hospedarse.
        –No hay hospedaje en toda la isla, mister Brown –se escuchó la voz del gran Tony, que esta vez contenía un tono de preocupación–, por lo menos que se ajuste a la elegancia y fineza que usted está acostumbrado. Si insisten en quedarse, no queda otra alternativa que ir al Conservation and Development Authority Office y pedir permiso para acampar, además para mis gustos es más divertido, podemos conseguir carpas muy buenas en cualquier tienda de alquiler o para comprar si usted quiere –afirmó el joven, intentando brindar a sus huéspedes la mayor comodidad.
       –Bueno, Tony, si no hay otra alternativa eso haremos, no hay cambio en los planes, nos quedaremos dos o tres días por estas playas –confirmó Daniel.
       –Muy bien jefe, entonces déjeme ir a la oficina de la Autoridad y en 15 minutos este problema estará totalmente resuelto –afirmó Tony.
       Inmediatamente Tony dio media vuelta y se echó a correr subiendo unas escalinatas que lo conducían a la parte alta de la playa, cerca de la zona poblada.
     Mientras tanto el resto del grupo se dedicó a pasear por la playa y algunos se instalaron bajo la protección de algunas sombrillas que eran provistas por la Autoridad de Conservación y Desarrollo de la Isla.
         Como lo había dicho, Tony regresó a los 15 minutos y tenía en sus manos unas hojas impresas que contenían la autorización para acampar en la zona especialmente diseñada para ese arte.
         –No se preocupe usted, mister Brown, en unos cuantos minutos más nos van a traer las mejores carpas de la isla, y he pedido que las instalen cerca de las duchas y además colocarán un baño portátil especial para usted y las señoritas. Sólo será por esta noche, mañana a las 11 a.m. tendremos las mejores habitaciones de Culebras –aseguró Tony–.  Ahora sí, los tengo que dejar, usted sabe, tengo muchos deberes que cumplir y ya el Capitán me estará extrañando.
      –Muchísimas gracias, Tony –dijo Daniel–, sin tu ayuda no sé qué hubiera podido hacer.       
       Sacó un billete de cien dólares de su billetera y se lo extendió.
     No, jefe, hay cosas que uno hace de corazón, no todo es dinero en esta vida y usted me cae muy bien, yo sólo quiero que se encuentre cómodo y sienta que es bienvenido –dijo Tony sin recibir el billete. Extendió luego su mano en señal de saludo, estrechó la mano del hombre de la barba negra e hizo lo mismo con las tres chicas, luego se dio media vuelta y se echó a correr como era ya su costumbre.
       Media hora más tarde estaban instalados exactamente en el lugar y de la manera que Tony lo había dispuesto.
       Ese mismo día, después de haber disfrutado de las tibias y agradables aguas del mar, las blancas arenas y el hermoso paisaje de Flamenco, Daniel se retiró a una zona tranquila en medio de la vegetación, un pequeño paraje escondido que había descubierto por la mañana mientras paseaba con Katherine.
         Acomodó un poco de arena y formó algo  muy parecido a un cojín, se sentó cruzando sus piernas en medio loto, como lo había aprendido con Luigi y el maestro Lin Chin Pen, cerró los ojos y en silencio sólo esperó.
       Sentía su respiración, la fresca brisa sobre su rostro, escuchaba el suave sonido de las olas y esa cadencia rítmica causó una paz y tranquilidad profunda en el joven.
       Sin darse cuenta Daniel se encontró así mismo entonando el mantra recomendado por Luigi, el cual repitió varias veces. 
        –DAAALAAAIII - OOOMMM - DAAALAAAIII
       Una fuerza inexplicable se apoderó de él, su cuerpo perdió peso y de pronto sintió como si ingresara en un túnel largo y profundo de luz blanca, una sensación aguda en la boca del estómago, como si cayera a alta velocidad en un vacío. La intensidad de la luz fue cada vez mayor, sintió como si esa luz envolviera su cuerpo, cualquier otra sensación desapareció, igual todo pensamiento, sólo quedaba la percepción de aquella luz blanca, intensa y como si se tratara de una pantalla de televisión comenzó a ver las imágenes de aquella vida.
        Se vio a sí mismo como un niño de ocho años, caminando en el desierto, cargando una bolsa de tela. Supo que en ella llevaba algunas ropas y un par de sandalias, recordó que había puesto cuatro figurillas de barro con las cuales solía jugar con sus amigos que acababa de dejar.
       Vio a su madre, recordó que ella se llamaba SHUBAD-DADBA, vio a su padre acadio y recordó que se llamaba UTNAAKIS. Vio cómo atravesaron el desierto hasta llegar a una gran roca de color negro carbón sobre la cual adoraron a sus dioses HUM TARE HUM, el Padre del Universo e INANNA, la diosa de la fertilidad.
          Recordó a su amigo MUNNAKIS, más fuerte y más grande que un oso.
      Recordó su viaje a la Isla Alashiya, todos los momentos en el gran barco de los fenicios, la tormenta que vivieron una noche camino a la Isla, recordó su arribo y a su maestro el Genda GUNTAAKIS.
          Las imágenes eran vívidas y muy claras, supo en ese momento quién era y su mente continuó recibiendo información.

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