27 de abril de 2015

CAPITULO 3

CAPITULO 3

Daniel se disponía a cenar en el restaurante del Hampton Inn & Suites,  cuando reconoció a la joven que viera por la mañana colgada del paracaídas de múltiples colores, el rojo de la blanca piel hacía notar una sobreexposición solar.
     “Un problema común en los turistas”, pensó.
     Los verdes ojos de la joven dirigieron la mirada hacia Daniel al sentirse observada, sonrió e hizo un comentario a las dos amigas que la acompañaban esa noche, las tres mujeres sonrieron y decidieron sentarse en la mesa frente a la que se encontraba el hombre de barba negra y ropas elegantes.
     Daniel fue jalado por sus pensamientos y dejó de mirar al ramillete de blancas turistas para recordar la experiencia con la doctora Ross.
     “Me siento muy bien”, pensó, “siento que un gran peso ha desaparecido de mis hombros y cuello”, se dijo al tiempo que arqueaba ligeramente los hombros y movía el cuello levemente de un lado al otro.
     –¡Señor! ¿Está dispuesto a ordenar, señor? –escuchó la voz del mozo a su costado izquierdo.   
     –Oh, sí, sí –dijo. ¿Cuál es la recomendación del chef?
     –En platos caribeños el mofongo con chicharrón de cerdo –dijo cortésmente el mozo–, y en platos internacionales, filet mignon con puré de patatas –dijo al tiempo que aclaraba la voz.
     –Me quedo con el filet mignon y unos vegetales orgánicos,  muéstreme su lista de vinos por favor.
          Como si fuera un mago el mozo sacó la lista de vinos que la ofreció inclinando el cuerpo hacia delante con un gesto exagerado de cortesía.
     “Un Château d’Yquem 1787, demasiado fino para acompañar un filet mignon”, leyó mentalmente, sonriendo al punto de la carcajada, como si se tratara de alguna broma muy privada.
     –Cabernet Sauvignon, el rey de las variedades tintas, suficiente  –pensó en voz alta.
     El mozo hizo un gesto con la cabeza, esperó unos segundos y sin mediar palabras dio un paso hacia atrás y se retiró.
     Las mujeres jóvenes no dejaban de hablar, reír y mirar a Daniel. La rubia de ojos verdes y piel  enrojecida por el sol caribeño no dejaba de arreglarse el cabello, tirarlo hacia atrás y pasar los dedos entre los dorados rizos tratando de arreglar algo que solamente ella notaba, pasaba lentamente la blanca mano, de dedos largos y muy bien formados, por el cuello hasta terminar posando el dedo índice sobre el labio inferior de la boca al cual jalaba lentamente hacia abajo dejando ver un labio rojo, grueso y húmedo.
     Daniel, conocedor de la naturaleza femenina, acompañaba el ritual de coquetería de la joven cubriendo con  la mano gruesa, varonil, grande y con los dedos extendidos, la boca, los bien cuidados bigotes y paseando lentamente la mano con el intento de peinar la poblada barba negra hasta llegar a la parte inferior de la misma.
     El rito se repetía de rato en rato. Las miradas se cruzaban de vez en cuando y una sonrisa casi invisible aparecía en los rostros de ambos personajes.
     En ese instante algo extraño, sumamente extraño, sucedió en  la mente de Daniel.
     Perdido en esas visiones inexplicables vio claramente la imagen de una mujer de piel tostada por el sol, de largos cabellos negros que aparecían debajo de una yilaba blanca y cuyo cuerpo estaba cubierto por  una abaaya negra.
     Vio y recordó cada detalle como si lo hubiera vivido.
     De alguna manera, que no llegaba a comprender, sabía que la mujer era descendiente de Sem, del grupo de los Amorritas, en sus visiones la vio de rodillas, el cuerpo tirado hacia adelante con ambos brazos extendidos y las palmas de las manos tocando la piedra sobre la cual adoraba, la vio levantando el torso una y otra vez mirando al cielo y tirando nuevamente los brazos hasta tocar la plana superficie de la gran roca negra que se encontraba en medio de un majestuoso valle. Y escuchó o le pareció escuchar la voz de la mujer que decía:
     HA SHEN SARA VIT THZE.
     HA SHEN SARA VIT THZE.
     En su visión, la joven y fuerte mujer repetía la misma frase sin dejar de adorar a su Dios.
     Luego, como si se tratara de un ruego, le pareció escuchar con claridad un rezo que decía:
     HUM TARE HUM, NINHURSAG, IU AN SHUBAD DADBA, LU EG ENSI OSHI ADAD, OSHI BARU, TA GAR ISHTAR INANNA, KAE, HUM TARE HUM.
     La mujer repitió su cántico en voz alta como rogando al cielo y su voz se escuchaba en el páramo una y otra vez hasta que un viento frío, venido del norte, sopló las ropas de la semita, quien súbitamente se levantó y descendiendo de la gran piedra se acercó al niño que se encontraba de rodillas en medio de los pastos silvestres que rodeaban la roca.
     Daniel supo que el niño era él mismo. Sus visiones eran tan claras y sus recuerdos sorprendentemente nítidos, y escuchó a la mujer que decía:
     OSHI ADAD, KE AN AMINI, HUM TARE HUM, TA GAR OSHI.
     Vio que la mujer, como apurada por alguna razón desconocida, tomó la muñeca derecha del niño, y ayudándolo a incorporarse ambos subieron a la gran roca.
     Vio también detrás de ellos a un hombre, cubierto con un kharé sobre la cabeza y un khartú sobre su cuerpo, que acercándose a la roca pero sin subir a ella dijo:
     –SHUBAD DADBA, NE E KABUR.
     Con toda claridad, en sus visiones vio que aquel hombre alcanzó a la mujer una especie de daga con empuñadura de oro e incrustaciones de piedras rojas y finos tallados. Daniel, o como se llame el niño en aquella visión, miró los negros ojos del hombre mientras los fríos vientos soplaban las ropas de los tres humanos y desordenaban la barba negra del hombre y por la misma razón desconocida e inexplicable supo que se trataba de un acadio y que era su padre.
IE ZAAT MA SHUBAD  DADBA.
     Se escuchó a sí mismo y se vio arrodillándose y exponiendo las palmas de ambas manos delante de la mujer, quien tomando la impresionante daga de manos del acadio se arrodilló sobre la negra y brillante plataforma.
     Vio cómo la mujer tomó la daga con la mano derecha y colocando la palma del niño sobre su palma izquierda realizaba un corte, no muy profundo, en la palma derecha del muchacho, luego hizo lo mismo en la otra palma.
     El pequeño parecía no sentir dolor, la mujer y el niño miraron al norte y se hincaron de rodillas, entonces la mujer repitió:
     HUM TARE HUM, NINHURSAG, IU AN SHUBAD DADBA LU EG ENSI OSHI ADAD, OSHI BARU, TA GAR ISHTAR INANNA, KAE HUM TARE HUM, SIN HUM TARE HUM.
     Al terminar el cántico ambos, el niño y la mujer, se echaron de cubito ventral sobre la piedra, los brazos extendidos y las palmas hacia abajo mientras la sangre del pequeño dejaba huellas rojas sobre la negra superficie.
     De pronto mágicamente el niño dejó de sangrar.
     Las risas de las tres mujeres sonaron especialmente fuertes y sacaron a Daniel de sus “recuerdos”, su cuerpo dio una sacudida extraña y como volviendo de un profundo sueño se dio cuenta que se encontraba en el restaurante del hotel, terminó de despertar al ver su mano derecha sujetando el tenedor con fuerza pero metida en medio del plato, el puré de papas había ensuciado el borde del saco y de la camisa y como una masa densa colgaba de su puño cerrado.
     Avergonzado por el cuadro, del cual él era el personaje principal, trató de limpiarse mientras sentía las miradas de los comensales del restaurante que habían volteado hacía él al escuchar las estrepitosas risas.

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