27 de abril de 2015

COMENTARIO DEL AUTOR

COMENTARIO DEL AUTOR

En el curso de mi vida, he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas a quienes “les suceden cosas raras”,  cosas que no pueden ser explicadas por la ciencia, (psicología, psiquiatría o medicina).
Recuerdos, imágenes, eventos, que se repiten una y otra vez sin que nadie les pueda dar el significado o una explicación.
Conozco personas que pueden ver y comunicarse con entidades espirituales, sin necesidad de ingresar en trance o situación semejante. La mayoría han vivido o viven con esta “carga psicológica” desde temprana edad. Algunos buscan una explicación “lógica” para los fenómenos que sólo existen en sus mentes. Otros “guardan silencio” para no ser mal interpretados o peor aún, que les digan “locos”.
Esta es la historia de uno de ellos, un joven que se atrevió a ir más allá. Sus recuerdos se remontan al principio de la historia de lo que conocemos como civilización, en la Sumeria Antigua.
Recomiendo, al leer esta “novela”, que si encentran palabras en un idioma desconocido, busquen su significado en Google u otro buscador con el cual estén  familiarizados.
Al final de esta historia espero que puedan descubrir el significado de su propio nombre. 
Disfruten  la lectura y compartan el link.


Lucio R. Ramírez

CAPITULO 1

This book is a work of fiction. Names, characters, businesses, organizations, places, events, and incidents either are the product of the author’s imagination or are used fictitiously.
Any resemblance to actual persons, living or dead, or actual events is entirely coincidental.
Copyright © 2011 by Lucio R. Ramirez.

Agradezco a todos los que me animaron a escribir. 
En total 99 personas.



Un Sadhu es un asceta, un monje, un yogui o un sabio, que busca obtener la iluminación siguiendo el camino de la penitencia, alejándose o renunciando a todos los vínculos que lo puedan unir con lo terrenal o el mundo material. Su búsqueda consiste en los verdaderos valores de la vida.

Generalmente vive incluido en la sociedad pero intenta alejarse de los placeres humanos, alimentándose con lo necesario y suficiente, pero cuidando de su salud integral.

Un Sadhu es por lo general un hombre culto, con títulos universitarios, padre de familia, que deja todo, mujer, hijos, casa, y se hace un peregrino.

Muchos Sadhu han dejado una vida llena de riquezas materiales y demás muestras de su poder y han preferido la vida espiritual.


Suelen imitar la vida de Shiva, llevan un tridente como símbolo, se pintan tres rayas de ceniza en la frente que les hacen recordar su búsqueda, destruir las tres impurezas: egoísmo, acción con deseo y el maya.

Llevan túnicas de color azafrán, que significa la bendición de Parvati, la consorte de Shiva.

Dedicados a la meditación, suele vérseles reunidos en el Kumba-Mela. La mayoría viven en cuevas, bosques y templos por toda la India.

En escuelas especiales aprenden el control y dominio de sus cuerpos y mentes, se hacen maestros del yoga. Algunos andan desnudos, cubiertos con “vibhuti” o cenizas sagradas, y dejan crecer sus cabellos en forma de bucles.


En la actualidad en toda la India deben sumar por lo menos unos 6 millones.


CAPITULO 1

A las 5.55 de la tarde, Daniel ingresaba a un elegante edificio del Centro de Hato Rey, subió al ascensor después de un par de personas. Un “botones” vestido de azul oscuro le preguntó por el piso al cual se dirigía.
–Quinto, por favor –dijo suavemente, con tono de agradecimiento.
Salió del ascensor y buscó el 503. La puerta de vidrio estaba abierta, ingresó y encontró, detrás de un escritorio, a una joven secretaria a quien se dirigió diciendo:
–Buenas tardes, ¿la Doctora Elba Ross, por favor?
–¿Es usted el señor Brown? – Indagó la secretaria.
–Sí, yo soy –respondió con amabilidad
–Tome asiento por favor, en un momento será atendido – dijo la joven.
Daniel miró a su costado y vio una recepción amplia con muebles de cuero blanco, una mesa de madera tallada finamente y algunas revistas sobre ella.


Se sentó y esperó, mientras la joven secretaria presionaba un botón del negro aparato intercomunicador. Al minuto siguiente una mujer de unos 50 años salió de una de las oficinas.

–Señor Brown, buenas tardes, pase por acá por favor –dijo mientras extendía una mano pequeña en señal de saludo–. He leído sus e-mails.

Se acomodó en un gran sillón de cuero marrón e invitó a Daniel para que ocupe otro sillón frente a ella. Daniel tomó asiento y miró la cara de la extraña mujer que tenía al frente. Era de talla pequeña, 1.55 m, de contextura gruesa, cara ovalada y pelo castaño rojizo con rayos canosos que se asomaban por diferentes partes de la cabeza un tanto grande y desproporcionada en relación al resto del cuerpo.

Sin embargo la figura exterior no causó la más mínima impresión negativa en Daniel. Había estudiado con profundo detenimiento cada uno de los grados de la prestigiada mujer:

Doctorado en el Caribean Centre for Advanced Studies, Maestrías en Psicoterapia Transpersonal, Psicología Clínica, Hipnosis Ericksoniana, Programación Neuro-Lingüística, además de Graduación en Psicología Positiva en la Universidad de Harvard y otro tanto de actividades en el Colegio de Psicólogos de Puerto Rico y Estados Unidos. Más de 20 años de experiencia en la práctica profesional hacían de esa mujer una experta, y era lo que él necesitaba.


–Doctora Ross –dijo Daniel Brown al tiempo que tosía para aclarar la garganta cubriéndose la boca con el puño derecho cerrado–, tengo 33 años de edad. He visitado a psicólogos y psicoanalistas en Israel, Alemania, Inglaterra y en los Estados Unidos, tratando de encontrar una respuesta a algunas perturbaciones que suceden en mi mente desde muy temprana edad, yo diría que desde los tres años –relató mirando fijamente a los ojos de la Psicoterapeuta.

–Continúe usted –animó la doctora adoptando una actitud de interés y atención.

–Reconozco perfectamente la diferencia entre realidad y fantasía, entre imaginación y recuerdos, y podría decirle que lo que me sucede se encuentra en el ámbito de los recuerdos. Puedo recordar lugares en los cuales, con toda seguridad, jamás he estado y eventos que nunca me han sucedido, no por lo menos en esta vida –dijo enfáticamente.

–¿Lo que acaba de decir significa que cree usted en vidas pasadas? –preguntó la doctora Ross en tono pasivo y discreto.

–No sé si existen vidas pasadas. Lo que sí puedo decirle es que en algunos momentos pienso y siento como si fuera otra persona, tengo recuerdos muy claros de sucesos y lugares, recuerdo nombres de personas que no he conocido y puedo ver claramente sus rostros en mi mente, como usted podría recordar y ver en su mente a sus padres, hermanos o amigos. He sido evaluado psicológicamente en los mejores centros del mundo y los resultados siempre han sido de normalidad –informó Daniel con tono de preocupación en su voz.

La doctora Ross no se inmutó, su mirada no perdía un solo detalle de su interlocutor. En silencio esperó a que Daniel continuara el relato de lo que había experimentado a lo largo de su vida.
Daniel continuó su explicación durante aproximadamente media hora, dio un largo suspiro y guardó silencio.
La doctora Ross entendió que la explicación había concluido y dijo:

–Bueno, señor Brown, entiendo que usted acude a mis servicios para que, por medio de la hipnosis, podamos saber qué es lo que realmente ha sucedido, ¿verdad?
–Es la parte que más me ha interesado de su extenso currículo y experiencia profesional, doctora –respondió Daniel.
–Muy bien, entonces eso haremos, pase usted por acá por favor –dijo la doctora señalando un diván de cuero oscuro que se encontraba en la zona derecha del consultorio y un tanto pegado a la pared. Luego la mujer dio un par de palmadas fuertes y las luces se tornaron en penumbra, al mismo tiempo que una música suave se puso en marcha a un volumen bajo.

–¿Se siente usted cómodo, señor Brown? –preguntó la mujer en tono suave. Su voz había cambiado, parecía otra persona la que hablaba, sentada en una silla de espaldar alto y tapiz oscuro como el diván y a la cabecera de Daniel. Éste la podía escuchar, mas no podía verla porque el brazo curvo del mueble se lo impedía.
–Sí –respondió, dispuesto a solucionar, de una vez por todas, aquel problema que lo acompañaba casi toda su vida.

–Daniel, ahora entras en contacto mental con cada músculo de tu cuerpo, siente tu cuerpo, conéctate con los músculos de tu cabeza y ordena relajación –se escuchó a la doctora Ross. La voz contenía tal tono de suavidad pero al mismo tiempo de comando, que era imposible no obedecer.
Daniel escuchó claramente cada indicación y la siguió con decisión. Tenía la certeza de que ese día daba inicio a una nueva vida, o por lo menos que algunas respuestas estaban por venir.
–Conéctate con los músculos de tu cara y ordénales relajación, relaja tu cuello y hombros. Muy bien, lo estás haciendo muy bien, ahora siente y relaja el tórax, la espalda, el pecho.

Daniel escuchaba los comandos de la profesional y relajaba músculo por músculo, de acuerdo a las órdenes, sentía como si su cuerpo pesara más y más, la sensación era muy agradable y su pensamiento se tranquilizaba a la vez que la doctora continuaba con la sesión.


–Conéctate con tus brazos y ordénales relajación, ahora siente tu abdomen y pelvis, relaja… muy bien, así… muy bien, relaja profundamente, mantén una respiración lenta y profunda, lenta y profunda. Conéctate con tus muslos, pantorrillas y pies, relaja, relaja todo tu cuerpo, siente relajación en todo tu cuerpo. Muy bien, ahora recuerda el lugar en el cual te hayas sentido más relajado, el lugar que te haya provocado más tranquilidad. Conéctate con ese recuerdo y relájate, relaja más, allí donde sientes relajación puede haber más relajación todavía. Relaja más. Relaja más.

Daniel fue sintiendo mucha paz y tranquilidad, se sentía profundamente relajado, tanto física como mentalmente y entregado totalmente a la experiencia. Sentía el cuerpo muy pesado, las piernas, los brazos y la cabeza. Luego todo cambió, comenzó a sentir que se elevaba o por lo menos eso fue lo que pensó.

Llegó un instante en que no escuchaba ruido alguno y la voz de la doctora la sentía muy lejana, casi nula. Poco a poco dejó de sentir su cuerpo, sin embargo la paz que invadió todo su sistema era imposible de describir. Durante largos minutos el estado de relajación era tan profundo que inclusive su mente dejó de pensar.

CAPITULO 2

CAPITULO 2

     Daniel Brown era un joven ejecutivo y exitoso vendedor de diamantes, nacido en San Diego, California, de padre alemán y madre israelí, criado desde muy niño en Tel Aviv.
     De ninguna manera se podría decir que era un ser humano común, en primer lugar porque a sus 33 años era multimillonario, pero lo más importante en él no eran las cosas evidentes, sino aquellas que sucedían sólo en su mente y que nadie podía ver, ni comprender.
     Había viajado a San Juan de Puerto Rico como última esperanza para encontrar a la doctora Elba Ross. Sin embargo, como muchas veces sucedía en su vida, los negocios lo persiguieron hasta la Isla.
     Hospedado en la suite presidencial del Hampton Inn & Suites de San Juan, Puerto Rico, Daniel verificó la transferencia a su cuenta bancaria de US$ 769,400, una cantidad pequeña en comparación con negocios anteriores,  entregó los 18 certificados G.I.A., incluyendo el clarity correspondiente por cada uno de los diamantes que acababa de vender. Con voz suave pero firme preguntó:
     –¿Todo conforme?
     Sin mediar palabras la joven pareja de nacionalidad alemana recibió el elegante maletín que contenía el producto de la negociación. Se despidieron con ademanes muy distinguidos y salieron de la habitación.
     Daniel Brown, solo en la suite, verificó nuevamente su cuenta, y luego cerró la pequeña laptop, caminó pensativo un par de minutos y decidió salir de la habitación. Con paso firme pero al mismo tiempo sin apuro, caminó por el lujoso pasillo.
     Esa sensación de ansiedad que lo acompañaba siempre apareció repentinamente en su pecho, se acercó al ascensor y presionó el botón, esperó unos cuantos segundos para que este se abriera, ingresó en la caja metálica y marcó “L”. Automáticamente las hojas de acero inoxidable se cerraron y el aparato descendió. No le dio tiempo de mirarse siquiera al espejo y nuevamente las puertas se abrieron. Salió del ascensor y atravesó el lobby con la mirada perdida.
     El sol de una mañana espléndida hirió sus pupilas y buscó sus Ray Ban. El joven de porte elegante atravesó el área de descanso llena de turistas que disfrutaban del sol y la piscina. Con la mirada aún perdida ni siquiera notó a un grupo de mujeres hermosas en pequeñas ropas de baño que lo observaban.
     Llamaba la atención el terno crema, casi blanco, camisa oscura con líneas claras que marcaba su atlética complexión, los botones abiertos dejaban entre ver un tórax muy bien trabajado por largas horas de gimnasio.
     El hombre de negocios llegó a la puerta posterior del hotel, la brisa del mar lo despertó, fijó la vista en un sol radiante y calculó fácilmente que serían las 10 de la mañana. Se inclinó y como un autómata se sacó los zapatos de marca italiana, sacó las medias, remangó el pantalón, una, dos vueltas y se dispuso a caminar por las tibias arenas de la playa.
     Las  cosas  que  pasaban  por   su   mente   no   eran nuevas, las había sufrido desde muy niño, sentía como si dentro de él existieran dos, tres o más personas, inclusive podía recordar imágenes de lugares a los cuales con toda seguridad jamás había ido ni visto.
     Se sorprendió asimismo al sentir algo de nostalgia por las playas de Israel. Había dejado temporalmente su cómodo departamento de Ramat Gan en el vistoso distrito de Tel Aviv para ir a San Juan de Puerto Rico. Su misión principal era solucionar o por lo menos llegar a entender ese fenómeno que se había convertido en un tormento. Por todo lo demás no tenía ningún problema, sobre todo en los negocios. La buena fortuna lo había perseguido durante sus, para él, largos 33 años.
     Con el par de zapatos en la mano izquierda y los pantalones remangados, caminó sintiendo el placer que los gruesos granos de arena provocaban en sus pies descalzos.
     “Las 10 de la mañana, la cita con la doctora Elba es a las 6 de la tarde”, pensó mientras la brisa se tornaba cada vez más caliente. Sus pensamientos se interrumpieron bruscamente por el ruido de una lancha de estructura extraña que pasó a alta velocidad, cerca de la orilla, casi dando botes en las tranquilas aguas del mar de San Juan. Por segunda vez se sorprendió de que algo le pudiera llamar la atención: una línea de color azul, que contrastaba con el intenso color blanco, cruzaba los 30 pies de largo de la nave.
     Una plataforma que sobresalía en la popa y un mástil hidráulico pegado al punto medio del borde interno de la misma plataforma, causaron que su mirada se fije en el extraño aparato. Más impresionado quedó porque, jalada por una larga soga, una chica se elevaba  a  unos  50  pies de alto atada a un arnés y un paracaídas.
     A pesar de la altura se notaba la piel bronceada de la blanca turista que, junto al multicolor paracaídas, creaban una imagen impresionante en el azul del cielo y sobre las cristalinas aguas del mar que en ese momento se abrían al rápido paso de la lancha deportiva.
     “Qué locura”,  pensó, “pero creo que me podría atrever a probar un poco de mi propia adrenalina”, terminó diciéndose a sí mismo.
     El joven extranjero retornó sobre sus propios pasos y se dirigió a la puerta posterior del hotel. Antes de ingresar lavó sus pies en el agua de las duchas que se hallaban instaladas a un costado de la puerta. Con los zapatos aún en la mano izquierda, con su paso elegante, firme y lento, atravesó el costado de la piscina, pero esta vez miró al grupo de mujeres jóvenes que disfrutaban del agua y sonrió.
     –¡Hi!  –dijo, a la vez que levantaba la mano derecha en señal de saludo.
     Las cinco chicas levantaron la mano y en coro contestaron:
          –¡Hiiiii!
         El tono de las sensuales voces arrancó una sonrisa más profunda en el joven, quien llevó la mano derecha a acariciar la notoria barba negra que marcaba su rostro, el cual se tornó rojo por el rubor del momento y continuó su camino.
     Llegó al mostrador del lobby y conservando la sonrisa se dirigió a la bella joven que atendía.
     –Hi –dijo nuevamente, e inquirió–: ¿Sabe usted cómo puedo tener un ride en paracaídas?
     –Sí –respondió la joven mostrando una sonrisa mecánica y enseguida extendió la mano para tomar un folleto que se encontraba a un costado de la pantalla de la PC.
     –En este tríptico puede encontrar los precios y de acuerdo al tiempo que decida le extenderemos un ticket que será cargado a su cuenta del hotel –explicó.
     Daniel Brown recibió el folleto, lo hojeó y dijo:
     –20 minutos estaría bien para una primera vez.        
     –Muy bien,  señor Brown, aquí tiene su ticket,  cuando esté listo me lo hace saber y llamaré al joven que lo acompañará a la lancha.
     No se sorprendió de que la joven conozca su nombre, había recorrido tantos países y pasado noches infinitas en tantos lugares que  estaba familiarizado con el trato que le brindaba un buen hotel.
     En su expresión se mostraba agradecido y vía ascensor retornó a su habitación para prepararse con la ropa adecuada para la ocasión.
     Era notorio, por el dejo al hablar, que el joven que acompañó a Daniel a la lancha era nativo boricua. Además de un tatuaje en cada hombro, lucía en el izquierdo un pequeño “coquíe” (un pequeño sapo de la región) con una inscripción en la parte inferior que decía “Te amo PR” (Te amo Puerto Rico) y en el derecho un escudo minuciosamente trabajado. Un cordero en el centro, echado sobre un lirio rojo y sosteniendo una bandera atravesada por una cruz igualmente roja.
     –¿Qué significa ese cordero? –preguntó Daniel
     –Representa al Cordero de Dios, es decir a Jesucristo –respondió rápidamente el joven de piel oscura, tostada por el sol por largos días de verano trabajando en las playas de Isla Verde–. Los reyes de España escogieron este símbolo para recordar a San Juan Bautista, porque fue él quien dijo “he aquí al cordero de Dios que quita los pecados del mundo”
     Las palabras salían disparadas de la boca del joven como balas de una metralleta.
     –Cristóbal Colón le puso ese nombre a la Isla, San Juan Bautista,  las otras figuras son representaciones de don Fernando y doña Juana, los reyes de España al momento que se descubrió la isla. Este es el Blasón de Castilla –dijo señalando tres pequeñas torres que se podían apreciar con suma claridad en el tatuaje.
     –Y este es el Blasón de León –aclaró señalando la figura de un pequeño león levantado sobre dos patas y con las garras extendidas–. Y estos los blasones de Aragón y Sicilia, ésta el águila negra coronada de oro, con el pico y las garras rojas.
     –Este el blasón de Jerusalén, que representa un campo y una cruz dorada cuyos brazos terminan en forma de T, acompañada en cada uno de sus ángulos de una cruz pequeña –añadió con un aire de seguridad sobre lo que estaba hablando–. A ambos lados del escudo las letras F y la Y representan los emblemas de los reyes Fernando e Isabel. ¿Ve usted que llevan una corona sobre cada letra? –preguntó como asegurándose de que el turista no se perdiera la pequeña clase sobre el escudo de su país.
     –¿Qué figuras son estas? –preguntó Daniel Brown dando a entender que estaba atento a la lección y señalando ambos costados del escudo en la parte inferior del mismo.
     –Este es el Yugo y estas las Flechas, como señal de la unión matrimonial entre ambos reinados.  En la parte superior la corona y en la inferior dice «Johannes est nomene jus», es decir «Juan es su nombre» –explicó el joven de piel bronceada.
     –¡No molestes al señor, oye tú! –se escuchó una voz vieja pero fuerte desde la proa de la lancha–. Ayuda al señor a subir y ve a ver al resto de pasajeros que están esperando en el lobby del hotel –ordenó nuevamente la voz anciana.
     El joven boricua rápidamente jaló un cabo de soga; esto causó que la lancha se acercara a la orilla del muelle. Dio un salto sobre la plataforma de la nave y extendió un brazo en señal de ayuda, Daniel aceptó la ayuda y saltó también, sin palabras le señaló los asientos y bajó de la lancha.
     Apurado y temeroso por la orden del viejo capitán, corrió por todo lo largo del muelle pero al llegar a la arena se detuvo en seco como parado por una muralla invisible, miró hacia atrás, dejó ver una señal de fastidio sacudiendo la mano derecha y continuó caminando pacientemente por la playa.
     Transcurridos unos cuantos minutos apareció una joven mujer vestida con un chaleco de color amarillo y azul y una cortísima falda con los mismos colores, los botones abiertos del chaleco dejaban ver la ropa de baño amarilla que llevaba dentro, la pequeña falda estaba demás pues dejaba notar las perfectas y llamativas piernas así como la parte inferior de la ropa de baño.
     –Apúrate, Tony –habló dirigiéndose al joven de los tatuajes que venía detrás de ella con un grupo de turistas, cinco en total a quienes el boricua dictaba la misma clase sobre sus tatuajes.
     Subieron todos a bordo de la lancha. Antes de partir el viejo capitán dio una mirada a su derecha y después de secar el sudor de su frente hizo señas de “ven rápido” a un hombre de mediana edad vestido de ropas blancas tipo marino con tres galones dorados en cada hombro de la impecable camisa.
     El hombre de camisa blanca se acercó, saltó a la plataforma, saludó a todos y dijo:
     –Mi nombre es Luigi Galvani.
          Luego en perfecto inglés empezó a dar las explicaciones de lo que iba a suceder a continuación.      Habló en detalle sobre lo que tenía que hacer cada uno de los pasajeros al momento de subir a la plataforma de la impecable nave, les indicó cómo usar el arnés y cómo dirigir el paracaídas cuando cada pasajero se encuentre en el aire. Se explayó sobre las precauciones que deberían de tener, qué hacer y qué no hacer, en cinco minutos habían aprendido la teoría de cómo subir en el parachute.
     –¿Todo claro? –preguntó sin dudar de que la explicación dada era más que suficiente. Con un “yes” muy temeroso los seis turistas aceptaron. La joven de la minifalda con una carpeta en mano tomó lista de los habitantes de la lancha.
     El hombre viejo gritó:
          –¡Suelten amarras!
          El hombre del uniforme blanco desató las amarras  y el viejo capitán prendió el motor, esperó un par de minutos y arrancó despacio tornando el timón hidráulico a su izquierda.
     Otro par de minutos más y ya estaban en alta mar. Bajó la velocidad y casi detenido el bote Luigi preguntó quién sería el primer valiente.
     Daniel levantó el brazo y dijo:
          –I’m ready.
          Fue invitado a subir a la plataforma, sujetándose de la baranda de brillante acero, se colocó el arnés mientras el hombre del uniforme extendía un paracaídas multicolor en la parte posterior de la plataforma.
     Cuidadosamente Daniel se acercó a la orilla de la plataforma, mirando a proa se quedó parado mientras el experto marinero colocaba los seguros del paracaídas a la parte posterior y a los costados del arnés. Terminó poniendo un seguro al frente del arnés, el cual estaba conectado a una soga de color rojo y naranja que iba a un motor rebobinador que se encontraba fuertemente asegurado con gruesos pernos al piso de la nave.
     –¡Listo! –gritó Luigi, se vio el mástil hidráulico elevarse lentamente llevando consigo a la soga. El viejo capitán aceleraba lentamente la nave mientras el marinero, parado frente a Daniel, sujetaba fuertemente los belts que cruzaban el pecho del joven de barba negra.
     Se escuchó el motor intraborda que tomaba velocidad y al mismo tiempo el paracaídas empezó a inflarse como un globo, Daniel sintió el fuerte jalón de ambos lados, tanto del paracaídas como de los fuertes brazos del joven marinero.
     El corazón de Daniel empezó a latir a ritmo acelerado. Mientras el capitán aceleraba la embarcación, la velocidad generó que el paracaídas se inflara terminando por jalar hacia arriba el pesado cuerpo de 1.88 metros de altura. Luigi soltó los cinturones y Daniel se elevó al mismo tiempo que el motor rebobinador libraba la cuerda lentamente.
     –¡50 pies! –escuchó Daniel allá arriba, al mismo tiempo que sintió que la soga detenía su viaje a las alturas.
     La emoción era muy fuerte, sin embargo, al sentirse más seguro echó una mirada hacia abajo, podía ver a cientos de personas que reposaban a las orillas de la playa, otras caminaban y otras ingresaban y salían del agua en un juego casi ridículo de movimientos. Vio los edificios, pudo reconocer el  Hampton Inn & Suites, el Hotel San Juan, el Sans Hotel, fue revisando la costa de Isla Verde hasta que pudo ver el Condado Plaza Hotel, llegando al  viejo DuPont Plaza y recordó que hubo un incendio en dicho hotel por fines del año 1986.
     De pronto sus pensamientos desaparecieron al sentir que caía rápidamente, la lancha había reducido la velocidad, y como si se tratara de una cometa, el pesado cuerpo comenzó a descender y sus pies llegaron a topar con el agua. Nuevamente y con precisión el capitán aceleró la nave elevando el paracaídas hasta que llegó a los 50 pies. Las risas eran estridentes, las podía escuchar con claridad.
     –No es nada gracioso –pensó, pero sus pensamientos no cambiaban las risas de todos los ocupantes de la embarcación.
            El paseo continuó a todo lo largo de la costa, luego escuchó el motor rebobinador puesto en marcha y sintió cómo retornaba hacia la plataforma. Habían pasado 20 minutos de una experiencia que pese al pequeño susto, en sí fue muy agradable.
     –¿Are you ok? –preguntó Luigi.
          –¡¡Sí!! ¡¡Sí!! –respondió Daniel sin terminar de sobreponerse de la experiencia.
     Rápidamente el marinero recogió el paracaídas, mientras la nave reducía lentamente su marcha, soltó los ganchos sujetadores del arnés al tiempo que otra persona con otro arnés esperaba su turno para ser elevada a las alturas.

CAPITULO 3

CAPITULO 3

Daniel se disponía a cenar en el restaurante del Hampton Inn & Suites,  cuando reconoció a la joven que viera por la mañana colgada del paracaídas de múltiples colores, el rojo de la blanca piel hacía notar una sobreexposición solar.
     “Un problema común en los turistas”, pensó.
     Los verdes ojos de la joven dirigieron la mirada hacia Daniel al sentirse observada, sonrió e hizo un comentario a las dos amigas que la acompañaban esa noche, las tres mujeres sonrieron y decidieron sentarse en la mesa frente a la que se encontraba el hombre de barba negra y ropas elegantes.
     Daniel fue jalado por sus pensamientos y dejó de mirar al ramillete de blancas turistas para recordar la experiencia con la doctora Ross.
     “Me siento muy bien”, pensó, “siento que un gran peso ha desaparecido de mis hombros y cuello”, se dijo al tiempo que arqueaba ligeramente los hombros y movía el cuello levemente de un lado al otro.
     –¡Señor! ¿Está dispuesto a ordenar, señor? –escuchó la voz del mozo a su costado izquierdo.   
     –Oh, sí, sí –dijo. ¿Cuál es la recomendación del chef?
     –En platos caribeños el mofongo con chicharrón de cerdo –dijo cortésmente el mozo–, y en platos internacionales, filet mignon con puré de patatas –dijo al tiempo que aclaraba la voz.
     –Me quedo con el filet mignon y unos vegetales orgánicos,  muéstreme su lista de vinos por favor.
          Como si fuera un mago el mozo sacó la lista de vinos que la ofreció inclinando el cuerpo hacia delante con un gesto exagerado de cortesía.
     “Un Château d’Yquem 1787, demasiado fino para acompañar un filet mignon”, leyó mentalmente, sonriendo al punto de la carcajada, como si se tratara de alguna broma muy privada.
     –Cabernet Sauvignon, el rey de las variedades tintas, suficiente  –pensó en voz alta.
     El mozo hizo un gesto con la cabeza, esperó unos segundos y sin mediar palabras dio un paso hacia atrás y se retiró.
     Las mujeres jóvenes no dejaban de hablar, reír y mirar a Daniel. La rubia de ojos verdes y piel  enrojecida por el sol caribeño no dejaba de arreglarse el cabello, tirarlo hacia atrás y pasar los dedos entre los dorados rizos tratando de arreglar algo que solamente ella notaba, pasaba lentamente la blanca mano, de dedos largos y muy bien formados, por el cuello hasta terminar posando el dedo índice sobre el labio inferior de la boca al cual jalaba lentamente hacia abajo dejando ver un labio rojo, grueso y húmedo.
     Daniel, conocedor de la naturaleza femenina, acompañaba el ritual de coquetería de la joven cubriendo con  la mano gruesa, varonil, grande y con los dedos extendidos, la boca, los bien cuidados bigotes y paseando lentamente la mano con el intento de peinar la poblada barba negra hasta llegar a la parte inferior de la misma.
     El rito se repetía de rato en rato. Las miradas se cruzaban de vez en cuando y una sonrisa casi invisible aparecía en los rostros de ambos personajes.
     En ese instante algo extraño, sumamente extraño, sucedió en  la mente de Daniel.
     Perdido en esas visiones inexplicables vio claramente la imagen de una mujer de piel tostada por el sol, de largos cabellos negros que aparecían debajo de una yilaba blanca y cuyo cuerpo estaba cubierto por  una abaaya negra.
     Vio y recordó cada detalle como si lo hubiera vivido.
     De alguna manera, que no llegaba a comprender, sabía que la mujer era descendiente de Sem, del grupo de los Amorritas, en sus visiones la vio de rodillas, el cuerpo tirado hacia adelante con ambos brazos extendidos y las palmas de las manos tocando la piedra sobre la cual adoraba, la vio levantando el torso una y otra vez mirando al cielo y tirando nuevamente los brazos hasta tocar la plana superficie de la gran roca negra que se encontraba en medio de un majestuoso valle. Y escuchó o le pareció escuchar la voz de la mujer que decía:
     HA SHEN SARA VIT THZE.
     HA SHEN SARA VIT THZE.
     En su visión, la joven y fuerte mujer repetía la misma frase sin dejar de adorar a su Dios.
     Luego, como si se tratara de un ruego, le pareció escuchar con claridad un rezo que decía:
     HUM TARE HUM, NINHURSAG, IU AN SHUBAD DADBA, LU EG ENSI OSHI ADAD, OSHI BARU, TA GAR ISHTAR INANNA, KAE, HUM TARE HUM.
     La mujer repitió su cántico en voz alta como rogando al cielo y su voz se escuchaba en el páramo una y otra vez hasta que un viento frío, venido del norte, sopló las ropas de la semita, quien súbitamente se levantó y descendiendo de la gran piedra se acercó al niño que se encontraba de rodillas en medio de los pastos silvestres que rodeaban la roca.
     Daniel supo que el niño era él mismo. Sus visiones eran tan claras y sus recuerdos sorprendentemente nítidos, y escuchó a la mujer que decía:
     OSHI ADAD, KE AN AMINI, HUM TARE HUM, TA GAR OSHI.
     Vio que la mujer, como apurada por alguna razón desconocida, tomó la muñeca derecha del niño, y ayudándolo a incorporarse ambos subieron a la gran roca.
     Vio también detrás de ellos a un hombre, cubierto con un kharé sobre la cabeza y un khartú sobre su cuerpo, que acercándose a la roca pero sin subir a ella dijo:
     –SHUBAD DADBA, NE E KABUR.
     Con toda claridad, en sus visiones vio que aquel hombre alcanzó a la mujer una especie de daga con empuñadura de oro e incrustaciones de piedras rojas y finos tallados. Daniel, o como se llame el niño en aquella visión, miró los negros ojos del hombre mientras los fríos vientos soplaban las ropas de los tres humanos y desordenaban la barba negra del hombre y por la misma razón desconocida e inexplicable supo que se trataba de un acadio y que era su padre.
IE ZAAT MA SHUBAD  DADBA.
     Se escuchó a sí mismo y se vio arrodillándose y exponiendo las palmas de ambas manos delante de la mujer, quien tomando la impresionante daga de manos del acadio se arrodilló sobre la negra y brillante plataforma.
     Vio cómo la mujer tomó la daga con la mano derecha y colocando la palma del niño sobre su palma izquierda realizaba un corte, no muy profundo, en la palma derecha del muchacho, luego hizo lo mismo en la otra palma.
     El pequeño parecía no sentir dolor, la mujer y el niño miraron al norte y se hincaron de rodillas, entonces la mujer repitió:
     HUM TARE HUM, NINHURSAG, IU AN SHUBAD DADBA LU EG ENSI OSHI ADAD, OSHI BARU, TA GAR ISHTAR INANNA, KAE HUM TARE HUM, SIN HUM TARE HUM.
     Al terminar el cántico ambos, el niño y la mujer, se echaron de cubito ventral sobre la piedra, los brazos extendidos y las palmas hacia abajo mientras la sangre del pequeño dejaba huellas rojas sobre la negra superficie.
     De pronto mágicamente el niño dejó de sangrar.
     Las risas de las tres mujeres sonaron especialmente fuertes y sacaron a Daniel de sus “recuerdos”, su cuerpo dio una sacudida extraña y como volviendo de un profundo sueño se dio cuenta que se encontraba en el restaurante del hotel, terminó de despertar al ver su mano derecha sujetando el tenedor con fuerza pero metida en medio del plato, el puré de papas había ensuciado el borde del saco y de la camisa y como una masa densa colgaba de su puño cerrado.
     Avergonzado por el cuadro, del cual él era el personaje principal, trató de limpiarse mientras sentía las miradas de los comensales del restaurante que habían volteado hacía él al escuchar las estrepitosas risas.

CAPITULO 4

CAPITULO 4

Doctora Ross, he tenido otra de esas experiencias, pero esta vez ha sido completamente diferente a todas las anteriores –relataba Daniel en su segunda sesión con la terapeuta.
     –Será mejor que vayamos al diván antes de continuar con tu relato –dijo la doctora invitando al joven con una señal dirigida al oscuro mueble de cuero y usando un tono tranquilizador en su voz.
     Ya echado en el mueble y un tanto más cómodo y tranquilo Daniel continuó:
     –El recuerdo fue muy claro, doctora  –afirmó–. Yo era un niño de 8 años vestido con ropas extrañas, vi a una mujer de cabellos negros que aparecían a los lados de una especie de pañuelo blanco, la he visto con una capa negra que cubría todo su cuerpo, subida sobre una enorme piedra negra que se encontraba en medio de un páramo en un lugar lejano, deshabitado completamente.
     –Doctora, ¿estaré perdiendo la razón? –preguntó Daniel, evidentemente confundido por todo aquello que sucedía en su mundo interno.
     Sin prestar atención a la pregunta la doctora Ross indagó:
     –¿Qué más recordaste, Daniel?
     –He visto a una mujer y no sé porqué ni cómo, sé que era semita amorrita, sé que se trataba de mi madre, la he visto adorando, y he escuchado su voz con un cántico extraño que decía: “HA SHEN SARA VIT THZE. HA SHEN SARA VIT THZE”. Y luego como un ruego decía:
                 HUM TARE HUM, NINHURSAG, IU AN SHUBAD DADBA, LU EG ENSI OSHI ADAD, OSHI BARU, TA GAR ISHTAR INANNA, KAE, HUM TARE HUM”.
          –¿Sabes de qué idioma se trata, Daniel?
     –Estoy seguro que se trata de un dialecto amorrita-sumerio.
     –¿Sabes en qué lugar se ubican tus recuerdos?
     –No, no lo sé –respondió Daniel, pensativo, bajando levemente la cabeza.
     –Bueno, no me relates más, vamos a trabajar tu relajación, estamos en un buen camino Daniel, todo estará muy claro para ti pronto –afirmó la doctora Ross al tiempo que acomodaba su silla para que el paciente pueda escuchar su voz sin poderla ver directamente.
     –Concentra tu atención en los músculos de la cabeza, siente tu cabeza, concéntrate y ordena relajación, relaja, respira profundamente y relaja –se escuchaba la voz, en tono de mandato pero al mismo tiempo suave de la mujer.
     El silencio del ambiente apenas se rompía por una tenue música que inducía a Daniel a ingresar en un estado muy cómodo. Continuó el proceso de relajación hasta que llegó a los músculos de los pies.
     –Imagina una franja ancha y de color amarillo pintada sobre el asfalto de una larga carretera. Imagina que es la línea de tu vida. Dime ¿cuántos años tienes actualmente?
     –Treinta y tres –se escuchó la voz de Daniel suave y lejana.
     –Muy bien. Imagínate parado sobre el número 33 claramente pintado sobre la franja amarilla, da un paso hacia el número 32, continúa: 31… 30… 29… 28… 27… 26… 25. Muy bien, detente un momento, tienes 25 años, dime el primer recuerdo que venga a tu mente a los 25 años. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás? ¿Cómo estás vestido? ¿Qué estás haciendo? –dirigía la doctora con voz suave y firme.
     –Estoy en la Universidad de Tel Aviv, el día de mi graduación, bajando las escaleras del auditorio junto a 18 compañeros de estudios, todos estamos vestidos con toga y birrete negro con borla dorada. Veo el estandarte blanco y celeste, un atril al costado izquierdo del escenario, una larga mesa en donde se encuentran sentados el Rector, el Decano de la Facultad de Administración, el Presidente de la Asociación de Administración de Negocios de Israel, el Director del Programa de Business Administration  –agregó. Luego dijo:
     –Veo a Yeira, una chica que me gusta mucho, sonríe y sus ojos brillan emocionados, mi padre y madre están con ella y veo a  mi hermana Liora, quien está filmando y tomando fotos del evento.
     –Muy bien –sonó la voz de la doctora–; imagina que das un paso más,…24,…23,…22,…21,…20.
     –Dime –continuó la doctora– ¿cuál es el primer recuerdo que viene a tu mente a los 20 años? ¿Dónde estás? ¿Con quién estás? ¿Cómo estás vestido? ¿Qué  estás haciendo?
     –Estoy en los jardines exteriores de la universidad, echado en el césped, bajo la sombra de una palmera. Veo a los estudiantes caminando, algunos suben y otros bajan las gradas a la entrada del edificio. Estoy vestido con  jean azul, una camisa marrón a cuadros y tenis también marrones. No hablo con nadie, sólo miro las plantas, las palmeras y a la gente – respondió el joven. Su voz sonaba como relajada y lejana.
     –Muy bien, continúa así, unos pasos más: 19…18…17…16…15.
          La sesión continuó de esa manera hasta que llegó al día cero de su nacimiento.
     –Una puerta se abre, puedes verla con claridad, atraviesa la puerta sin temor, estas protegido, seguro, ingresa por esa puerta, ingresa…–se escuchó la voz calma pero decidida de la doctora Ross.
     Daniel pudo ver en su mente una luz blanca, brillante y resplandeciente que penetró sus ojos, en todo su cuerpo sintió la intensidad de la experiencia.
     Esa noche no sucedió nada más, el joven de la barba negra ingresó en un profundo sueño que la doctora no interrumpió. Sin embargo la profesional continuó dando instrucciones con la clara intención de que queden grabadas en el inconsciente del paciente.
     Cuarenta y cinco minutos más tarde se oyó a la doctora Ross diciendo:

     –Muy bien, un paso más…29…30…31…32…33, te encuentras nuevamente en el aquí y en el ahora.


     –Atento, despierto. Despierto, atento. Despacio, abre y cierra tus manos, siente tu cuerpo, conéctate con él nuevamente. Muy bien, así, muy bien, así, así…

CAPITULO 17

CAPITULO 17


¿Qué me querías contar? – preguntó Luigi a Daniel mientras tomaban una piña colada en una de las juguerías  del pueblo.
–Fui a la playa, a un hermoso paraje que he encontrado ayer al norte de Flamenco, me puse a meditar y de un momento a otro me encontré repitiendo el mantra DALAI – OM – DALAI
Al instante siguiente ingresé en una especie de túnel de luz, y pude recordar experiencias de una vida pasada. Ahora sí, Luigi, te puedo decir que creo en vidas pasadas, he visto a mi madre, mi padre, mis amigos y a mis maestros en aquella vida.
Ahora puedo entender que los eventos, fenómenos o regresiones, todo eso que me ha sucedido desde niño en esta vida presente y todo lo que no podía comprender, en realidad eran porciones de recuerdos de vidas anteriores –habló así Daniel, y siguió diciendo:
Sin embargo ayer he recordado algunas lecciones que recibí en esa vida y que están relacionadas con los nombres de Dios, lo que no entiendo es de que me sirve todo eso, cual es la parte útil de ese conocimiento, ¿por qué es tan importante como  para haberlo guardado en mi alma durante miles de años? –quiso saber Daniel mientras miraba directamente a los ojos de Luigi con la esperanza de que su amigo tenga la respuesta.
–¿Los nombres de Dios? –preguntó Luigi–. Explícame un poco más lo que has recordado.
Sí, en mis recuerdos vivía en  una gran ciudad llamada Yarim que se encontraba en la parte sur de la Mesopotamia, mi madre era una mujer muy bella de la tribu de los amorritas, de la familia de los semitas; mi padre era un acadio. Los tres salimos de la ciudad hacia el norte, atravesamos el desierto y llegamos a un lugar llamado Mari. Se trataba de un páramo a la entrada del cual se encontraba una enorme roca, negra como el carbón de piedra, sobre la cual mi madre dio inicio a una serie de ritos de adoración. 
Fue acompañada por mi padre, quien simplemente la apoyaba en sus deseos. Sobre esta piedra, yo, siendo un niño de ocho años, fui dedicado a la diosa Inanna, la cual es la diosa de la fertilidad y de la producción. La intención del viaje era la de llegar a las orillas del Mar Muerto para emprender el viaje hacia la isla de Alashiya, que según entiendo ahora se trata de la isla de Chipre. La isla era habitada por sacerdotes fenicios. En esa época era usual que algunos  niños sean educados por ellos, después de varios años regresaban a sus ciudades natales convertidos en hombre eruditos –sintetizó Daniel sus recuerdos.
–Ayer recordé una de las primeras lecciones que recibí de aquellos sacerdotes y se relaciona con los nombres de Dios. Dicen mis recuerdos que las palabras que contienen dos sonidos son reservados para señalar las cualidades de Dios y he recordado algunos nombres por ejemplo: EL, IL, KuS, SeT, AnU, DaG, ShU, GeB, ASh, TeM, SeTh, HeH, KeK, ABu, SiN, KuSh y DiS también he recordado sus significados –relató Daniel mirando a los ojos del amigo.
Bueno, algunas de las cosas que me dices las he aprendido con el Maestro Lin Chin Pen, sin embargo el maestro dice que el mejor camino para encontrar conocimiento y sabiduría es por medio de la meditación y del estudio de los mejores libros. Déjame explicarte algo de lo que he podido comprender –dijo Luigi con tono de humildad, y de esta manera resumió para el amigo las enseñanzas de su Maestro:

Vivimos más de siete mil años de oscuridad, casi desde el mismo día en que Hermes pisó tierra egipcia, ese día la Luz del Juicio, es decir de la Razón o Sabiduría, se apagó.
El Faraón se dio cuenta de que el poder se encontraba en la naturaleza del conocimiento y procuró hacerse dueño de él. Creó una casta sacerdotal para cuidar que sus deseos sean cumplidos.
En cada Logia, Liceo o Escuela Iniciática de la antigüedad, al igual que en los colegios modernos y universidades, los alumnos han ingresado cada vez más ignorantes y han salido en el pasado y salen en el presente saturados de la más cruel oscuridad.
El Homo Sapiens, es decir el hombre común, se ha alejado de la natural sabiduría, ha postergado su lado divino, se ha quedado pegado a la Química y a la Física de Newton y apenas entiende la Física Quántica. El mismo Newton dijo: “Conocemos como una gota e ignoramos como un océano”. Sin embargo, aun bajo tal sentencia, los Homo Científicos creen saber todo.
El oscurantismo no es un problema del pasado, es un problema de nuestro presente. ¿Cómo es posible ver la Luz si se nada en la oscuridad?
Gran esperanza tiene la triste humanidad, porque de tiempo en tiempo nacen grandes hombres entre nosotros y como lumbreras le dan un rayo de Luz; pero el egoísmo, la ambición y el odio asentado en el corazón de los HOMOS, atacan la Luz, la retienen para sí mismos y la usan para matar.
El mismo Einstein ocultó el 90% de su sabiduría, porque con el 10% murieron millones de hombres, mujeres y niños.
Para comprender nuestro presente debemos regresar en el tiempo hasta el principio de la historia, hasta el Éufrates y el Tigris, hasta los sabios que enderezaban ríos y secaban pantanos para convertirlos en esplendorosos jardines, en Babilonia, en Nínive o en Ur.
Es necesario recordar que: Ciencia y Religión tienen la misma cuna, el mismo origen. Recordar que la hermana primordial se llama Sociedad organizada en Estados.
Un gran Rey llamado Hammurabi dio origen a la Justicia como Orden Social.
De tal manera que Ciencia – Religión – Estado y Orden Social, tienen la misma Madre y el mismo Padre.
Algunos sabios nacieron para iluminar la Ciencia, otros para iluminar la Religión, otros para el Estado y algunos para iluminar el Orden Social.
El Maestro Jesús, por ejemplo, nació para iluminar el Orden Social. Hammurabi había dicho: “Ojo por ojo”, Jesús intentó señalar los principios de un Orden superior, dicho Orden se diseñó orientado a crear un nuevo hombre, ya no el Homo Sapiens común sino crear el Homo Sapiens Sapiens, es decir el hombre consciente: “Mas yo os digo, si alguien te obliga a caminar una milla, camina con él dos”.
Jesús intentó decir que es mejor comprender la naturaleza humana y tratar que el abusador cambie su propia naturaleza.
Intentó decir “Ama a tus semejantes como a ti mismo”, pero se dio cuenta que aun cuando vivían juntos, siempre habría dos clases diferentes: Los semejantes, Homo Sapiens y el prójimo, Homo Sapiens Sapiens.
Trató de salvar un Estado Social decaído y conducirlo a la comprensión de un Orden Social Superior, pero los salvajes Homo Sapiens  eran superiores en número a los Homo Sapiens Sapiens. Jesús, conocedor de esa diferencia numérica, predicó para el futuro con la esperanza de que en el corto tiempo las estadísticas pudieran cambiar.
Pero sucedió lo mismo que en otros tiempos: La Oscuridad absorbió a la Luz y la utilizó para dominar. Se confundió el Nuevo Orden Social y se convirtió en Religión, mezclaron las creencias paganas con las modernas ideas liberadoras y la oscuridad continuó su dominio por dos mil años más.
Se unieron Roma y Atenas para controlar la mente de los Semejantes, los Homo Sapiens, y la verdad fue sometida, pequeños grupos mantuvieron el control de los Estados, la Cienciala Religión y el Orden Social llamado también Justicia.
Adám ganó y el Nuevo Orden de los Adamah perdieron.
Ha huido de nuestra memoria que seis cientos años antes de Jesús, las Ciencias y el Orden Social tuvieron lo suyo. Pitágoras nació y trajo sabiduría.
Sin embargo ya el Orden Social de los Patriarcas había desaparecido. La oscuridad se encontraba dominando el planeta y los Homo Sapiens controlaban Ciencia, Religión, Estado y Orden Social, y por más que Pitágoras se esforzó en levantar el Estado social decaído y restablecer la síntesis, el gran filósofo emprendió vanamente su obra de cambios.
Mas el tiempo es nuestro aliado y amado compañero, las viejas páginas de Nínive han sido descubiertas y traducidas. Paralelo a ello, el mensaje de Jesús se comienza a entender de la manera correcta, los Homo Sapiens Sapiens han crecido en número.
En silencio, pero con dolor en su corazón, los Homo Sapiens Sapiens  han seguido la historia de autodestrucción realizada por los Homo Sapiens: asesinatos, guerras, muertes y desorden social, hasta llegar al Caos de la actualidad. La corrupción se ha adueñado de los Estados, del Orden Social, de la Ciencia y de la Religión.
He leído, mi querido amigo, cientos de libros, antiguos y modernos, y en todos he encontrado profunda sabiduría. Cada día que pasa iremos entendiendo que aun cuando vivimos en la misma tierra y nos nutrimos de la misma comida, coexisten dos grandes razas de hombres: Los Homo Sapiens o raza Adámica Original y los Homo Sapiens Sapiens o Raza Adámica Modificada.
Los Homo Sapiens Sapiens en esta época irán recordando sus vidas pasadas y conectándose con los conocimientos ancestrales. Como te digo, amigo, es necesario ir hasta el principio, hasta el mismo lugar en donde se dio inicio a lo que ahora conocemos como cultura o civilización organizada.
Luigi, hablaba y hablaba, mientras Daniel lo miraba pasmado, y entonces Luigi dijo:
El Homo Sapiens ha generado un estado mental especial al cual en términos religiosos suele llamarse “Paganismo”, el ser humano prefiere mantenerse en un nivel inferior, aun conociendo la posibilidad de un nivel superior. El paganismo se caracteriza por mantener a un Estado sometido a su horrendo poder, habla de Justicia y en su carrera de poder arrasa con todo y con todos, habla de Dios y mata al hermano, destruye la naturaleza y asesina al Planeta.
Vierte virus mortales para someter a los Estados y llenar sus arcas. Compra la conciencia de científicos, líderes políticos, religiosos y jueces.
“Acumular” es su única religión.
Mantienen a la pobreza activa y la utilizan en su falsa prédica de amor y de justicia pero en dos mil años no han podido erradicar el hambre y la miseria.
El individuo es superior al bienestar de la comunidad humana, el yo se impone al nosotros y el ustedes no existe.
Desde Pitágoras a Hierocles pasaron once siglos, pero nos remontamos aún más en la historia de la humanidad y llegamos, entre libros de historia documentada y los Libros Sagrados, a más de seis mil años de paganismo esclavista, de burguesía antisocial, es y ha sido el único modelo mental y gubernamental de todas las universidades europeas, tanto sacerdotales como laicas.
Este paganismo organizado pone su firma en todo: ciencia, arte y vida. Legislación, política y cultura moderna llevan el mismo cliché de la anarquía antigua, no existe universidad o colegio que se encuentre libre del sometimiento al poder absoluto de la corrupción y este poder se llama IGNORANCIA. Sobre esto te puedo dar un ejemplo claro: ¿Cómo explicar a nuestros hijos que el sistema económico mundial ha colapsado y sin embargo en los países del tercer mundo siguen peleándose los políticos para continuar con el mismo modelo?
¿Cómo explicarles que somos el producto de vanas imitaciones estériles e inmorales que no han podido sacar de la pobreza extrema a nuestros pueblos?
Cada uno de los jóvenes que terminan la universidad salen con la misma instrucción vulgar, la misma mentalidad banalizada. Ingresan limpios de corazón y salen con las ganas de competir con todo el mundo hasta lograr sacarlos de su camino hacia el “éxito”.
El  “mío, mío”, “tengo, tengo” es lo que prima en la mente de los egresados universitarios. La cultura del compartir para poder crecer como civilización o especie humana no existe. Hemos dejado de vernos a nosotros mismos como una unidad llamada RAZA HUMANA.
Los grandes poderes, Ciencia, Religión, Estado y Orden Social son impuestos en las mentes de nuestros hijos como verdades irrefutables, y no como principios mejorables, esto crea una natural rebeldía interior porque el Homo Sapiens Sapiens tiene en sus registros el gen de la perfección como posibilidad ineludible.
Si el sistema educativo dejara de lado su absurda rigidez y aceptara que la instrucción no es otra cosa más que datos susceptibles de cambios, entonces la humanidad daría un gran salto, comenzaría por saber que no en todas las dimensiones la suma de uno más uno es dos.
Por cientos de años la instrucción ha negado lo evidente y no permite la evolución del conocimiento. Esto seguirá siendo así mientras el poder se encuentre en manos de los paganos.
Te daré algunos ejemplos, mi querido Daniel, para que me puedas entender. Las aves del cielo viajan en una dirección exacta e inequívoca, igual los insectos, entre ellas las abejas o las mariposas.
Los peces han desarrollado por evolución una serie de sensores celulares susceptibles a las variaciones de las corrientes electromagnéticas de la tierra.
Los átomos de las piritas se dirigen hacia el norte magnético del planeta, por esta razón es posible deducir la edad y lugar exacto de donde proviene una piedra, por comparación de la dirección de sus hermanas, las otras piedras.
Las corrientes electromagnéticas son parte de nuestra vida celular, sin nosotros ser conscientes de ello.
Las corrientes electromagnéticas intervienen en las conductas de los seres vivos así como de la materia inerte.
El Magnetismo interviene en la capacidad humana de darse cuenta y permite que seamos más o menos conscientes.
Variaciones electromagnéticas definen los niveles de esquizofrenia.
Sin embargo las ciencias médicas no aceptan tremenda verdad y se han cerrado en la comprensión de un hombre hecho de pura química, sin importarles tomar en cuenta la física o el comportamiento iónico de los cuerpos.
En fin, podemos hablar días  enteros dando ejemplos de la importante relación entre VIDA y ELECTROMAGNETISMO, sin embargo los grandes sabios niegan la existencia del AURA o CAMPO ELECTROMAGNÉTICO DE LOS CUERPOS.
Nadie ayuda al pobre hombre a comprender que no somos unidades independientes sino una unidad energéticamente relacionada llamada Sociedad Humana.
El Arqueómetro es un libro con mucha sabiduría, deberías leerlo para que puedas, tal vez, entender lo que recibes como mensajes del pasado.
             En ese instante Daniel reaccionó con una pregunta:
–Dime Luigi, cuál es entonces la diferencia entre un Homo Sapiens y un Homo Sapiens Sapiens.
–La diferencia entre HOMO SAPIENS y HOMO SAPIENS SAPIENS se nota al comprender que existen cuatro estados –respondió Luigi. Y precisó:

-  Cuando te das cuenta que te das cuenta. Es el estado consciente.
-  Cuando no te das cuenta que te das cuenta. Es el estado inconsciente.
-  Algunas veces sucede que te das cuenta que no te dabas cuenta. Es el estado reflexivo.
-  Otras veces, por más que te digan lo que te digan, no te das cuenta que no te das cuenta. Has ingresado en el estado totalmente inconsciente.

       Después de una breve pausa, continuó con el desarrollo de estas ideas:

-       Los Homo Sapiens Sapiens, son seres más conscientes, tanto de sí mismos como de la realidad.
-       Algo muy importante está en camino, en un momento no muy lejano en el cual la riqueza de los potentados no les servirá de nada, un cambio radical en EL SISTEMA será instalado, en uno o dos años más el Sistema Económico Imperante colapsará y será reemplazado por un Nuevo Orden.
-       Este cambio no se dará por guerras o derramamiento de sangre, sino por la verdadera instrucción. Un NUEVO ORDEN será establecido, en el cual a todos los elementos, CIENCIA – RELIGION – ESTADO Y ORDEN SOCIAL, se les agregará HUMILDAD Y CONSCIENCIA.
En ese instante el silencio se podía cortar con un cuchillo. Luigi todavía siguió:
-       En diferentes idiomas la raíz “man” se refiere a un hombre blanco y gigante que de acuerdo a diferentes leyendas, en muchos pueblos, venían del norte, esos se convirtieron en jefes, regentes o reyes, así tenemos al rey Manes en Libia, el rey Manis en Frigia, Mannis de Germania, Manos o Minos en Creta, Menu de la India, Menes en Egipto.
-       Por otro lado están las leyendas de titanes, término que viene de la raíz “teithi”, que significa viajero de la luz o del espacio.
-       Así mismo tenemos las historias de hombres que vivían cientos de años y que según cientos de traducciones fueron los que construyeron las pirámides, por ejemplo Aloro y Ur-Kam en Ur.
–    Queda por explicar las creencias en seres alados que viajaban desde el lugar de Dios hasta la tierra. Fue tan fuerte esta creencia que no pudo ser obviada de los escritos sagrados. Los ángeles de la Biblia se encuentran en todas partes, desde Chipre, Babilonia, Ur, Nínive, Sodoma, etc.
–    La raíz fonética “Atl”, que significa grande, alto, fuerte, la tenemos en Atl-ántida, atl-as, atl-eta, y la misma palabra “alt-o”. Recuerda que “Atlas” fue uno de los titanes –dijo Luigi mirando con expectativa a Daniel.
–    Son demasiadas casualidades como para pasarlas por alto, tenemos información por diferentes medios, que provienen de diferentes culturas, de una raza superior                    –explicaba el joven con firmeza en su tono de voz.
–      Escritores de diferentes épocas, como Zecharía  Sitchin, quien realizó miles de traducciones de tablillas sumerias, afirman que esta civilización fue el producto de mezclas genéticas entre humanos y extraterrestres. Sherry Shriner, Laurence Gardner, David Icke, ellos afirman que los Anunnakis fueron seres de otro planeta –dijo Luigi mientras Daniel abría los ojos con extrañeza–. Los sumerios creían en la existencia de un planeta llamado Nibiru, que orbita dos sistemas solares y que era el hogar de dos razas, Anu y Nefilim. Sitchin, en sus traducciones, dice que cada 3600 años este cuerpo celeste visita nuestro sistema solar. 
Esta vez Daniel mostró una sonrisa pero continuó escuchando sin interrumpir.
–      Los Anu vinieron como maestros a la tierra y crearon una raza auxiliar. Los Anu mezclaron material genético con los Homo Erectus, muchos investigadores afirman que los Anu eran sabios gigantes –continuó Luigi haciendo caso omiso a la sonrisa de Daniel.
Los jóvenes se miraron cara a cara, algo pasó en la mente de Daniel y dijo:
–      ARIAM.
–      En realidad no importa si crees o no, todo lo que te he dicho son hechos reales, y sólo hace falta abrir los ojos y el entendimiento para poder ver que dos razas crecieron juntas en nuestro planeta, pero en su nivel de consciencia son muy diferentes –concluyó Luigi.
En ese momento ingresaron las tres chicas y Tony. Los jóvenes interrumpieron su conversación y prestaron atención a los recién llegados.